Mucho es lo que se ha dicho en occidente sobre las “intenciones
neocolonizadoras” de China y su “afán de hegemonía”. Se dice que los chinos quieren
arrasar con los recursos naturales de África y América Latina para sostener su
crecimiento económico, y que imponen a sus empresas en los contratos de las grandes
obras de infraestructura que financian. La académica costarricense, Patricia
Rodríguez, discrepa con esas opiniones. Ella lleva años dedicada al estudio del
sistema político chino y ha publicado varios libros al respecto. Recientemente
estuvo en Beijing trabajando en una investigación con la Academia China de Ciencias
Sociales. América Economía
conversó con ella sobre las oportunidades y desafíos de las propuestas chinas
del Banco Asiático de Infraestructura y la iniciativa de “Una franja y una ruta”
que busca revivir la antigua Ruta de la
Seda y así facilitar el intercambio comercial con Europa. Rodríguez,
quien hizo una Maestría en Administración Pública en la Universidad de
Harvard, afirma que las organizaciones no gubernamentales (ONG) son utilizadas
para impedir el avance de los proyectos chinos en occidente y, además, sirven
para promover la democracia occidental en el mundo como una verdad casi
religiosa.
Como socio principal en temas de infraestructura, China ha invertido
mucho alrededor del mundo. Recientemente se han escuchado las propuestas del
Banco Asiático de Infraestructura (BAII), el Fondo de la Ruta de la Seda , el Banco de los Brics,
etc. ¿Con qué ojos deben mirar estas propuestas los países en vías de
desarrollo?
Patricia Rodríguez: A pesar de que Estados
Unidos les dijo a sus aliados que no entraran en el BAII, ellos no pudieron
resistirse. Entonces, los latinoamericanos seríamos muy tontos si no hacemos lo
mismo. Esta es una oportunidad de desarrollo que se nos está presentando. China
tiene exceso de capacidad en la construcción de carreteras y de trenes de alta
velocidad y eso es lo que nosotros más necesitamos. La característica principal
de la iniciativa “Una franja, una ruta” se puede resumir en una palabra:
conectividad. Lo que los chinos buscan es conectividad porque quieren repetir
en el mundo lo mismo que a ellos les trajo su gran éxito. Eso fue conectar el
este con el oeste mediante carreteras y trenes. Los latinoamericanos no hemos
hecho eso.
El premio Nobel de Economía, Joseph E. Stiglitz, en una columna
publicada en diario El País, de España, señaló que “el que Estados Unidos se
oponga al BAII no es consistente con sus prioridades económicas declaradas en
Asia” y agregó que “por desgracia, este parece ser otro caso de inseguridad
estadounidense sobre su influencia mundial”. ¿Qué opina usted?
Basta ver las campañas electorales en EEUU, China es
el chivo expiatorio de todos sus problemas. Ellos tienen horror del ascenso
chino y así ha sido siempre. Desde que Japón estaba creciendo tremendamente, en
Estados Unidos se discutía cómo “bajar” a Japón, igual pasó cuando Brasil quiso
incursionar en el mercado de las computadoras, inmediatamente impusieron
medidas comerciales para detener a Brasil. EEUU no puede permitir que surja
alguien que amenace su hegemonía. De hecho, el prestigioso experto
estadounidense en Relaciones Internacionales, John Mearsheimer, reconoce que
EEUU simplemente no quiere que nadie cuestione su hegemonía, entonces ellos ven
la propuesta china de “Una franja, una ruta” y el BAII como amenazas a su
hegemonía.
Una de las críticas que se le hace al Fondo Monetario Internacional y al
Banco Mundial es que han condicionado la entrega de préstamos a cambio de que
las naciones prestatarias se sujeten a su receta ideológica de desarrollo.
¿Están las propuestas chinas del BAII, el Banco de los Brics y el Fondo de la Ruta de la Seda libres de ideología?
La única ideología que tienen los chinos es el
pragmatismo. Pero esa forma de pensamiento no quiere imponer ningún sistema
político, ningún sistema de valores, simplemente hacer buenos negocios que
tengan la característica de ganar-ganar. En el esquema darwiniano de la
competencia que existe en occidente, las palabras “ganar-ganar” y “cooperación”
no existen, solo existe la “competencia”.
Lamentablemente hay otras fuerzas detrás de quienes
critican y se oponen a muchos de los proyectos chinos en otros países. Algunos
le llaman “sociedad civil” pero, en realidad, no es eso, sino organizaciones
muy bien estructuradas con directrices hechas en EEUU y en Europa. Me refiero a
las ONG, al activista pro democracia, pro derechos humanos. Lo que está
ocurriendo es que en los países occidentales no se pueden plantear propuestas
porque siempre hay ONG que se oponen a algo y como ellas trabajan en red y, por
ejemplo, las ambientalistas se unen a las que son antiglobalización, las pro
gay y las feministas, todas se unen en cualquier causa que atañe a una de
ellas. Entonces si en un país se necesita combatir un proyecto, todas se juntan,
aglomeran un montón de gente para protestar en las calles, los gobiernos tienen
miedo y no toman decisiones. Esas ONG no son representantes de la “sociedad
civil” porque no toman en cuenta a las mayorías, sino que solo toman en cuenta
los intereses de quienes las financian.
Para citar un ejemplo, en Costa Rica han querido
construir la carretera 32 vía al Limón que se necesita urgentemente para
desarrollar el comercio por el Atlántico y no se ha podido porque ha habido
mucha gente que se ha opuesto a que China la construya.
Asimismo, yo creo que la propuesta del tren
interoceánico Brasil-Perú, que tiene el apoyo de China, va a ser muy difícil de
concretarse porque las ONG estadounidenses se van a oponer.
Si uno analiza los proyectos chinos en América Latina,
uno se pregunta por qué México canceló, de un momento a otro, el proyecto del tren
de Querétaro y el Dragon Mart en Quintana Roo, decisión que sorprendió a China.
Cuando eso pasó, en las calles mexicanas había muchas protestas que
definitivamente tenían influencia de ONG internacionales. Esto me da tristeza
porque, otra vez, estamos perdiendo la posibilidad de desarrollarnos. Lo peor
es que estos activistas no saben quién los está mandando porque es una cadena y
quien, en última instancia, los financia es el Congreso de EEUU.
Así pasó en la Primavera Árabe, los activistas pensaban que
estaban participando en política y cuando lograron tumbar el gobierno de Hosni Mubarak en Egipto, nadie sabía qué hacer.
La promoción que hace EEUU de la democracia como si fuera una religión en
países que no tienen las características ni la institucionalidad para ser
democracias al estilo occidental, no está bien.
En el caso de la Primavera Árabe se aplica muy bien lo que dicen
los chinos: el revolucionario nunca puede ser el constructor porque solo sabe
destruir. Entonces China no quiere el camino de las revoluciones, sino el
camino de la estabilidad y el aprendizaje para poder construir sobre la
experiencia pasada.
Respecto a la propuesta china de “Una franja, una ruta”, considero que también
está amenazada por las ONG porque es la vía por donde los poderes occidentales
están haciendo la guerra a quienes no piensan como ellos. De hecho, esta
estrategia tiene un nombre. Hillary Clinton, en todos sus discursos, decía que
ella está aplicando el “poder inteligente” (smart
power). Este concepto, en realidad, es de Joseph Nye, ex subsecretario de Defensa bajo la administración Clinton.
Él sugiere que las estrategias más eficaces en la política exterior de hoy
requieren una mezcla de recursos de poder duro y blando. “Poder inteligente” es servirse de autores no estatales para lograr sus
propósitos.
Hay quienes hallan un paralelismo entre la iniciativa de “Una franja,
una ruta” y el Plan Marshall que impulsó EEUU para reconstruir Europa después
de la Segunda Guerra
Mundial y, también, para extender su influencia allí. ¿Encuentra usted
similitudes?
Yo diría que hay una similitud positiva en el sentido
de que el Plan Marshall fue una iniciativa ganar-ganar porque ganó Europa y
ganó EEUU. Pero la diferencia radica en que el Plan Marshall excluía a la Unión Soviética porque como
EEUU ganó la guerra puso las reglas y dijo que quién no se alineaba con el
sistema capitalista de mercado, no entraba, y obviamente los soviéticos no lo
iban a hacer. Además excluyeron a Polonia y Checoslovaquia que querían
adherirse, pero los soviéticos no los dejaron.
El Plan Marshall tenía una finalidad geoestratégica
porque tenían terror de que el comunismo entrara en Europa, entonces ahí había
una razón ideológica. En cambio, en el caso del proyecto “Una franja, una ruta”,
se trata de revivir la vieja ruta de la seda que era una idea brillante porque
lo que verdaderamente funciona contra el terrorismo, por ejemplo en la zona de
Asia Central, es el desarrollo económico. En pobreza florece el terrorismo; en
riqueza, no. Por eso los chinos siempre han pensado que esa zona hay que
desarrollarla y este proyecto caló muy bien con Europa porque necesita
integrarse a China a través de toda esta faja para superar la crisis económica
que vive. Entonces es una gran solución para Europa. Es una alternativa que no
lleva metida ideología alguna, sobre todo, porque integra países que son
contrarios los unos a los otros. Imagínese que el Banco Asiático de
Infraestructura integra a Israel e Irán. Eso no lo hacía el Plan Marshall. Se
trata del pragmatismo chino y yo creo que el mundo está necesitado de eso. El
mundo está cansado de politiquería, de la injerencia en asuntos domésticos y
está cansado de no ver a largo plazo. El pragmatismo funciona y eso lo
demuestran los hechos, sino mire a China. Las ideologías nunca funcionan.
*Esta entrevista fue publicada en diario El Telégrafo, de Ecuador:

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