Ocho veces he ido a la Muralla China , pero recién la
octava vez conocí su rostro más genuino. Ese que tiene arrugas y manchas. Ese
que aún no ha sido maquillado. Ese que generalmente no ven los turistas. Es una
muralla distinta a la que había visto antes. Esta muralla que conocí es como
una persona anciana que ha perdido vitalidad y ahora es muy frágil, aunque en
las zonas turísticas, los chinos nos muestran una muralla adolescente. Algunos
la llaman “Muralla salvaje” (Wild Great Wall) porque muchos de sus tramos se
han ido destruyendo con el pasar de los años y la consideran “peligrosa”,
incluso hay partes cubiertas de vegetación que dificultan su recorrido. Es allí
donde vi los mejores paisajes de la Muralla
China.
Con cuatro amigos
quisimos embarcarnos en esta aventura. Cada uno había ido varias veces a los tramos de la muralla que han sido restaurados
para los turistas. La zona de Badaling es la más popular por su cercanía a
Beijing (80 km )
y porque la imponencia de la muralla es indiscutible.
Sin embargo, lo que se
ve en Badaling tiene poco de lo que, en realidad, fue la muralla: los ladrillos
lucen nuevos, se han dispuesto barandas a los lados para que los visitantes
puedan apoyarse al subir algunos tramos empinados, hay muchos vendedores de
recuerdos y bebidas que triplican o quintuplican su precio real, y, sobre todo,
hay una marejada de gente que hace que tomarse una foto donde se aprecie la
muralla sea una misión complicada. Lo que se muestra en Badaling es el producto
de una profunda restauración con un objetivo turístico. Tal como si a una mujer
anciana se le aplicara una gruesa capa de maquillaje para disimular las huellas
de la edad. Hay quienes defienden a las arrugas como trofeos de batallas
vividas. Pero si no se aplicaran técnicas de restauración en todos los destinos
turísticos del mundo, me pregunto: ¿cómo sería el puente de San Francisco o el Tower Bridge de Londres, que dicho sea
de paso, son muchos más jóvenes que la Muralla ? Seguramente no se permitiría el paso de
turistas como ocurre en los vestigios de los Mayas en Tulum o en las pirámides
de Egipto porque es tal el grado de deterioro que es peligroso que visitantes
caminen a través de ellos.
La discusión sobre
cuál es la forma adecuada de restaurar sin que se pierda la esencia se la dejo
a los restauradores y arquitectos. A mis amigos y a mí lo que nos interesaba
era la aventura de recorrer la muralla por una ruta que no había sido diseñada
para los turistas.
Nos citamos a las
13h00 en la estación de buses de Dongzhimen, al noreste de Beijing, en la línea
2 del metro. Federico y Pablo, de Uruguay; Jean Baptiste, de Francia; María
Esther, de Perú, y yo, de Ecuador estuvimos puntuales. Cada uno cargaba una
pesada mochila en la espalda y además dos bolsos en los brazos. Adentro había
comida, bebidas, bolsas de dormir, repelente para mosquitos y un botiquín en
caso de emergencia.
Tomamos el bus 916. Aproximadamente
una hora después llegamos la estación de bus Huairou (怀柔站). En realidad, no nos dimos cuenta porque
todos estábamos dormidos. Fueron los pasajeros chinos del bus quienes nos
habían escuchado decirle al chofer hacia dónde íbamos y fueron tan amables de
estar pendientes de nosotros. Por eso, al llegar todos gritaron: 外国人下车
(waiguoren xiache) que significa “los extranjeros se bajan”.
Allí debíamos tomar un
carro que nos llevara hasta la aldea Nanjili. Con mapa en mano y haciendo gala
de su chino fluido, María Esther, que ya ha estado 7 años viviendo en China, le
explicó al chofer adónde íbamos y regateó. Ese trayecto tomó alrededor de 1
hora. Al llegar a la aldea, tuvimos la suerte de encontrar a una mujer que
estaba barriendo su casa. “¿Van a la muralla?”, preguntó. Evidentemente no
éramos los primeros extranjeros, con ínfulas de Marco Polo, que habían llegado
a ese lugar. “No, gracias, ya tenemos un mapa”, le contestamos. “¿Seguro? yo
puedo llevarlos”, dijo la mujer. “No, no, podemos llegar solos”, contestamos.
Menos mal María Esther tuvo la precaución de pedirle el número de teléfono y
decirle que, en caso de que nos perdiéramos, la llamaríamos. Eran
aproximadamente las 4pm de un caluroso día de agosto.
Federico y Pablo
tomaron la delantera. A lo lejos, en la cima de la montaña se veía la torre o
zhengbeilu, pero lo curioso es que nuestro camino iba en descenso y cada vez
encontrábamos más arbustos. Por un momento me sentí en la Amazonia. Después
de media hora de caminata en medio de árboles y maleza, nos dimos cuenta de que
ese no podía ser el camino. Nos habíamos perdido, así que María llamó a la
señora y tuvimos que regresar. En ese momento, nos comenzó a preocupar que
pronto anocheciera y nos quedáramos sin luz. La señora dijo que si íbamos a
buen ritmo, llegaríamos en poco más de una hora. Pero justo antes de arrancar,
la señora se percató de que María Esther llevaba unas sandalias (grave error
tomando en cuenta que íbamos a escalar una montaña). Sin que se lo pidiéramos,
la señora le ofreció un par de zapatos a María. Afortunadamente calzaban la
misma talla. Esos, tal vez, fueron unos de los zapatos más baratos que María ha
comprado en su vida (20 yuanes o 3.5 dólares), pero definitivamente de los más
útiles y oportunos. Así, nos lanzamos a la montaña. Junto a la señora china a
la cabeza iban Federico, Pablo y Jean Baptiste. María Esther y yo, poco a poco,
nos fuimos quedando atrás. Después de unos 45 minutos, yo empecé a sentirme muy
débil, no había almorzado y, de repente, comencé a ver todo borroso. Sentía que
iba a desmayarme, así que le dije a María que no podía continuar, que siguieran
ellos, yo necesitaba comer y beber agua, sino arruinaría el viaje. En ese
momento ya habíamos perdido de vista a Federico y Pablo. María no dudó ni un
minuto, también estaba muy cansada. Los demás comenzaron a llamarnos. Aunque no
nos veíamos, les dijimos que continuaran, que descansaríamos un rato. Así lo
hicimos. Preparamos unos sánduches de queso con mortadela, comimos unos
chocolates para elevar la glucosa y mucho jugo de naranja. Después nos quedamos
conversando. Estuvimos ahí una media hora. Aunque teníamos miedo de que los
demás se alejaran mucho y les perdiéramos el rastro, necesitábamos urgentemente
descansar y comer. Afortunadamente al poco rato de escalar nos encontramos con
Jean Baptiste que se había quedado esperándonos. Una media hora después, por
fin, llegamos a Zhengbeilu. Le pagamos con gusto los 200 yuanes (unos 33 dólares) que nos pidió nuestra salvavida china.
Llegamos justo antes
del atardecer. A partir de ahí, todo lo que pueda describir con palabras se
quedaría corto con lo que mis ojos vieron. Pararse frente a un mar de nubes y ver
a la muralla zambullirse como un dragón entre esas olas de algodón fue un
espectáculo impresionante. Desde esa torre vimos cómo se escondía el sol al
atardecer y cómo saludaba a la luna que llegaba imponente y solitaria. Así
también quedó la Gran Muralla
por primera vez frente a mis ojos. Sola. Sin gente que se quejara de sus
interminables escalones ni del sol inclemente, ni niños escapando de los brazos
de sus padres, o ancianos sentados tomando un descanso. En la noche, no había
filas de turistas liderados por un guía con su banderita que gritaba con fuerza
la historia de las miles de personas que trabajaron para construir este monumento
que es orgullo de los chinos.
Alumbrados solo por la
luna nos pusimos a armar las tiendas de campaña. Ese día constaté lo inútil que
soy en estas cosas. Menos mal, Pablo, Federico y Jean Baptiste tenían más
experiencia e ingenio. María Esther, por su lado, intentaba prender fuego. Cuando
todo estuvo listo, y porque ya estábamos muy cansados, solo teníamos ganas de
mirar a las estrellas. Pocas veces en la vida he tenido la oportunidad de ver
un cielo tan despejado. A esa hora, las montañas y la muralla eran solo un mar
negro a nuestro alrededor. Únicamente nos acompañaban las estrellas y el ruido
de los insectos. Eso y el cansancio nos arrullaron.
A la mañana siguiente,
el mismo ruido de los insectos y los primeros rayos de luz nos despertaron. Ver
el amanecer en la muralla fue como descubrir el verdadero rostro de una mujer
sin maquillaje. Una deliciosa oportunidad de encontrar belleza en lo
imperfecto. Pronto, el mar negro se disipó y, en su lugar, hizo su entrada
triunfal el sol en medio de rayos de luz naranjas y rojos.
Nos apuramos en
desarmar las tiendas y acabamos nuestras últimas raciones de pan, jamón, queso
y jugos en el desayuno. Aprovechamos para sentarnos a contemplar ese magnífico
escenario y luego nos lanzamos nuevamente a la aventura. Nos habían dicho que
solo teníamos que seguir la ruta de la muralla y que llegaríamos a Mutianyu,
una de las zonas restauradas.
Una hora demoramos.
Pero ese tramo fue uno de los más peligrosos. Es más fácil resbalarse cuando
estás descendiendo, sobre todo, en ese terreno que era empinadísimo y no había escalones
ni barandas, sino maleza, árboles y piedras. Muchas piedras. Por si fuera poco,
algunas partes de la muralla se iban derrumbando cuando las pisábamos. María
Esther tenía dificultades. Jean Baptiste y yo la ayudamos. Además, al tener las
piernas más cortas, le costaba más estirarse o saltar para esquivar las
piedras. Así, con un poco de temor y dándonos la mano entre todos, llegamos a
Mutianyu. Nos recibió un cartel donde decía: Esta zona no es apta para
turistas. Al lado estaba una señora que tenía una pequeña tienda de bebidas y
artesanías. Para nosotros, esa tienda fue, más bien, un oasis y significó
también el regreso “a la civilización”. Fue ahí donde terminó el silencio y
también la auténtica muralla, esa que no olvidaré.


















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