miércoles, 16 de diciembre de 2015

Camping en la Muralla China / Camping in the Great Wall



Ocho veces he ido a la Muralla China, pero recién la octava vez conocí su rostro más genuino. Ese que tiene arrugas y manchas. Ese que aún no ha sido maquillado. Ese que generalmente no ven los turistas. Es una muralla distinta a la que había visto antes. Esta muralla que conocí es como una persona anciana que ha perdido vitalidad y ahora es muy frágil, aunque en las zonas turísticas, los chinos nos muestran una muralla adolescente. Algunos la llaman “Muralla salvaje” (Wild Great Wall) porque muchos de sus tramos se han ido destruyendo con el pasar de los años y la consideran “peligrosa”, incluso hay partes cubiertas de vegetación que dificultan su recorrido. Es allí donde vi los mejores paisajes de la Muralla China.

Con cuatro amigos quisimos embarcarnos en esta aventura. Cada uno había ido varias veces a los  tramos de la muralla que han sido restaurados para los turistas. La zona de Badaling es la más popular por su cercanía a Beijing (80 km) y porque la imponencia de la muralla es indiscutible.

Sin embargo, lo que se ve en Badaling tiene poco de lo que, en realidad, fue la muralla: los ladrillos lucen nuevos, se han dispuesto barandas a los lados para que los visitantes puedan apoyarse al subir algunos tramos empinados, hay muchos vendedores de recuerdos y bebidas que triplican o quintuplican su precio real, y, sobre todo, hay una marejada de gente que hace que tomarse una foto donde se aprecie la muralla sea una misión complicada. Lo que se muestra en Badaling es el producto de una profunda restauración con un objetivo turístico. Tal como si a una mujer anciana se le aplicara una gruesa capa de maquillaje para disimular las huellas de la edad. Hay quienes defienden a las arrugas como trofeos de batallas vividas. Pero si no se aplicaran técnicas de restauración en todos los destinos turísticos del mundo, me pregunto: ¿cómo sería el puente de San Francisco o el Tower Bridge de Londres, que dicho sea de paso, son muchos más jóvenes que la Muralla? Seguramente no se permitiría el paso de turistas como ocurre en los vestigios de los Mayas en Tulum o en las pirámides de Egipto porque es tal el grado de deterioro que es peligroso que visitantes caminen a través de ellos.  

La discusión sobre cuál es la forma adecuada de restaurar sin que se pierda la esencia se la dejo a los restauradores y arquitectos. A mis amigos y a mí lo que nos interesaba era la aventura de recorrer la muralla por una ruta que no había sido diseñada para los turistas.

Nos citamos a las 13h00 en la estación de buses de Dongzhimen, al noreste de Beijing, en la línea 2 del metro. Federico y Pablo, de Uruguay; Jean Baptiste, de Francia; María Esther, de Perú, y yo, de Ecuador estuvimos puntuales. Cada uno cargaba una pesada mochila en la espalda y además dos bolsos en los brazos. Adentro había comida, bebidas, bolsas de dormir, repelente para mosquitos y un botiquín en caso de emergencia.

Tomamos el bus 916. Aproximadamente una hora después llegamos la estación de bus Huairou (怀柔站). En realidad, no nos dimos cuenta porque todos estábamos dormidos. Fueron los pasajeros chinos del bus quienes nos habían escuchado decirle al chofer hacia dónde íbamos y fueron tan amables de estar pendientes de nosotros. Por eso, al llegar todos gritaron: 外国人下车 (waiguoren xiache) que significa “los extranjeros se bajan”.




Allí debíamos tomar un carro que nos llevara hasta la aldea Nanjili. Con mapa en mano y haciendo gala de su chino fluido, María Esther, que ya ha estado 7 años viviendo en China, le explicó al chofer adónde íbamos y regateó. Ese trayecto tomó alrededor de 1 hora. Al llegar a la aldea, tuvimos la suerte de encontrar a una mujer que estaba barriendo su casa. “¿Van a la muralla?”, preguntó. Evidentemente no éramos los primeros extranjeros, con ínfulas de Marco Polo, que habían llegado a ese lugar. “No, gracias, ya tenemos un mapa”, le contestamos. “¿Seguro? yo puedo llevarlos”, dijo la mujer. “No, no, podemos llegar solos”, contestamos. Menos mal María Esther tuvo la precaución de pedirle el número de teléfono y decirle que, en caso de que nos perdiéramos, la llamaríamos. Eran aproximadamente las 4pm de un caluroso día de agosto.




Federico y Pablo tomaron la delantera. A lo lejos, en la cima de la montaña se veía la torre o zhengbeilu, pero lo curioso es que nuestro camino iba en descenso y cada vez encontrábamos más arbustos. Por un momento me sentí en la Amazonia. Después de media hora de caminata en medio de árboles y maleza, nos dimos cuenta de que ese no podía ser el camino. Nos habíamos perdido, así que María llamó a la señora y tuvimos que regresar. En ese momento, nos comenzó a preocupar que pronto anocheciera y nos quedáramos sin luz. La señora dijo que si íbamos a buen ritmo, llegaríamos en poco más de una hora. Pero justo antes de arrancar, la señora se percató de que María Esther llevaba unas sandalias (grave error tomando en cuenta que íbamos a escalar una montaña). Sin que se lo pidiéramos, la señora le ofreció un par de zapatos a María. Afortunadamente calzaban la misma talla. Esos, tal vez, fueron unos de los zapatos más baratos que María ha comprado en su vida (20 yuanes o 3.5 dólares), pero definitivamente de los más útiles y oportunos. Así, nos lanzamos a la montaña. Junto a la señora china a la cabeza iban Federico, Pablo y Jean Baptiste. María Esther y yo, poco a poco, nos fuimos quedando atrás. Después de unos 45 minutos, yo empecé a sentirme muy débil, no había almorzado y, de repente, comencé a ver todo borroso. Sentía que iba a desmayarme, así que le dije a María que no podía continuar, que siguieran ellos, yo necesitaba comer y beber agua, sino arruinaría el viaje. En ese momento ya habíamos perdido de vista a Federico y Pablo. María no dudó ni un minuto, también estaba muy cansada. Los demás comenzaron a llamarnos. Aunque no nos veíamos, les dijimos que continuaran, que descansaríamos un rato. Así lo hicimos. Preparamos unos sánduches de queso con mortadela, comimos unos chocolates para elevar la glucosa y mucho jugo de naranja. Después nos quedamos conversando. Estuvimos ahí una media hora. Aunque teníamos miedo de que los demás se alejaran mucho y les perdiéramos el rastro, necesitábamos urgentemente descansar y comer. Afortunadamente al poco rato de escalar nos encontramos con Jean Baptiste que se había quedado esperándonos. Una media hora después, por fin, llegamos a Zhengbeilu. Le pagamos con gusto los 200 yuanes (unos 33 dólares) que nos pidió nuestra salvavida china.



Llegamos justo antes del atardecer. A partir de ahí, todo lo que pueda describir con palabras se quedaría corto con lo que mis ojos vieron. Pararse frente a un mar de nubes y ver a la muralla zambullirse como un dragón entre esas olas de algodón fue un espectáculo impresionante. Desde esa torre vimos cómo se escondía el sol al atardecer y cómo saludaba a la luna que llegaba imponente y solitaria. Así también quedó la Gran Muralla por primera vez frente a mis ojos. Sola. Sin gente que se quejara de sus interminables escalones ni del sol inclemente, ni niños escapando de los brazos de sus padres, o ancianos sentados tomando un descanso. En la noche, no había filas de turistas liderados por un guía con su banderita que gritaba con fuerza la historia de las miles de personas que trabajaron para construir este monumento que es orgullo de los chinos.




Alumbrados solo por la luna nos pusimos a armar las tiendas de campaña. Ese día constaté lo inútil que soy en estas cosas. Menos mal, Pablo, Federico y Jean Baptiste tenían más experiencia e ingenio. María Esther, por su lado, intentaba prender fuego. Cuando todo estuvo listo, y porque ya estábamos muy cansados, solo teníamos ganas de mirar a las estrellas. Pocas veces en la vida he tenido la oportunidad de ver un cielo tan despejado. A esa hora, las montañas y la muralla eran solo un mar negro a nuestro alrededor. Únicamente nos acompañaban las estrellas y el ruido de los insectos. Eso y el cansancio nos arrullaron.


A la mañana siguiente, el mismo ruido de los insectos y los primeros rayos de luz nos despertaron. Ver el amanecer en la muralla fue como descubrir el verdadero rostro de una mujer sin maquillaje. Una deliciosa oportunidad de encontrar belleza en lo imperfecto. Pronto, el mar negro se disipó y, en su lugar, hizo su entrada triunfal el sol en medio de rayos de luz naranjas y rojos.








Nos apuramos en desarmar las tiendas y acabamos nuestras últimas raciones de pan, jamón, queso y jugos en el desayuno. Aprovechamos para sentarnos a contemplar ese magnífico escenario y luego nos lanzamos nuevamente a la aventura. Nos habían dicho que solo teníamos que seguir la ruta de la muralla y que llegaríamos a Mutianyu, una de las zonas restauradas.






Una hora demoramos. Pero ese tramo fue uno de los más peligrosos. Es más fácil resbalarse cuando estás descendiendo, sobre todo, en ese terreno que era empinadísimo y no había escalones ni barandas, sino maleza, árboles y piedras. Muchas piedras. Por si fuera poco, algunas partes de la muralla se iban derrumbando cuando las pisábamos. María Esther tenía dificultades. Jean Baptiste y yo la ayudamos. Además, al tener las piernas más cortas, le costaba más estirarse o saltar para esquivar las piedras. Así, con un poco de temor y dándonos la mano entre todos, llegamos a Mutianyu. Nos recibió un cartel donde decía: Esta zona no es apta para turistas. Al lado estaba una señora que tenía una pequeña tienda de bebidas y artesanías. Para nosotros, esa tienda fue, más bien, un oasis y significó también el regreso “a la civilización”. Fue ahí donde terminó el silencio y también la auténtica muralla, esa que no olvidaré.  

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