Si usted también cree que en China nunca se
descansa, que siempre se come escorpiones y que solo hay hora de entrada, pero
no de salida, mejor siga leyendo…
Fuente: Google images
Una escoba, un
trapo húmedo y un escritorio polvoriento me dieron la bienvenida en mi primer
día de trabajo hace más de un año en una empresa china. “Aquí cada quien se encarga
de la limpieza de su espacio, mientras que los conserjes se ocupan de las áreas
comunes”, me explicó una compañera. El espacio que me habían asignado
evidentemente había estado desocupado durante meses. Las telarañas bajo el
monitor de la computadora daban cuenta de ello. Después de habilitar mi
escritorio, me presentaron al colega chino que haría las veces de mi niñero.
Como llegué a China sin ni siquiera saber decir “ni hao” (“hola”, en mandarín), la empresa me asignó un compañero
para que “se hiciera cargo de mis asuntos”. Esto incluía: ayudarme a conseguir
un departamento, abrir una cuenta bancaria, llevarme a comprar lo básico para
sobrevivir (como tenedor, cuchara y esas cosas), enseñarme a recargar el
celular y hasta a cruzar la calle. Sí, puede sonar un poco exagerado, pero
China es otro planeta y para un recién llegado -que es como un alienígena por
el desconocimiento del idioma-, incluso lo básico puede convertirse en un
martirio.
Mi colega se
llama Miguel. Sin él, la situación habría sido insoportable. Con un poco de
vergüenza abusé de su amabilidad, pero luego me enteré que la compañía tenía la
política de que cada empleado extranjero debía recibir este tipo de ayuda para
facilitar su adaptación.
Miguel tiene una
vida mucho más sedentaria que los otros compañeros. Cada día, a las 10h00 y a
las 15h00, los demás se reúnen en el patio para hacer ejercicios. Son solo diez
minutos, pero incluyen ejercicios de respiración, estiramiento y un poco de
aeróbicos. “La salud es lo más importante”, me explicaban los chinos cuando
notaban mi cara de sorpresa al ver que ellos interrumpían sus labores para ir a
hacer ejercicios.
Y esto no es cuento
chino. Recientemente, el prestigioso Laboratorio de Comportamiento Humano (Human
Dynamics Laboratory) del Massachusetts Institute of Technology (MIT), concluyó
que “el coffee break puede incrementar
el rendimiento laboral un 8%” tras hacer un estudio en call centers de Estados
Unidos. “La cafeína por sí misma no aumenta la productividad, sino el hecho de
generar una pausa y comunicarse con otros integrantes del equipo”, explicó el
director del Laboratorio, Alex Pentland. En China más bien sería un tea break, pero el punto es lo
importante que es tomar un respiro.
A las 11h30, mi
jefa llama a todos los compañeros del departamento de español para ir a
almorzar juntos. Durante media hora aproximadamente, conversamos de temas tan
diversos como las novelas chinas de moda, el divorcio, la vida en Latinoamérica
y hasta por qué creemos en Dios.
Se trata de un
almuerzo tipo bufet en el que jamás me he encontrado con un escorpión ni una
rana. Y eso que cada día podemos escoger entre unos 20 platos –todos chinos,
por supuesto-.
Luego viene una
caminata de una media hora. Unos recorren el patio, otros la manzana, el
objetivo es mantenerse en movimiento para facilitar la digestión.
En todo este
proceso dan la 1 de la tarde cuando llega el sagrado momento de la siesta. Recuerdo
que desde el día en que llegué me llamó la atención que en la oficina hubiera
sillas reclinables como las que se usa en la playa, almohadas, colchas y
pantuflas. No importa que sea un día de mucho trabajo, la hora de la siesta es
sagrada y quienes no dormimos igual debemos rendirle pleitesía, esto es, hacer
silencio, teclear suavemente, poner el celular en modo de vibración, cerrar con
delicadeza la puerta, todo para no estorbar el encuentro de los colegas con
Morfeo.
Durante una hora,
el silencio inunda las oficinas y algunas cortinas se cierran para que la
siesta se disfrute bajo la sombra. Este escenario cambia totalmente a las 2 de
la tarde cuando suenan los despertadores. Es automático. Todos se levantan como
si nada hubiera ocurrido, no hay bostezos, ni quejas, ni suspiros.
Inmediatamente se reincorporan a sus tareas y esa, diría yo, es la hora pico
del trabajo. Es como si la siesta les inyectara energía para trabajar a presión
durante las siguientes tres horas. En ese lapso, y siempre acompañados de su
termo lleno de té, trabajan y están muy concentrados. Solo se detienen a las
15h00 cuando nuevamente hacen ejercicios. De ahí, a las 5 en punto, cada quien
toma sus cosas y se va. “Anda rápido a casa”, me ha dicho varias veces mi jefa,
“es hora de ver a la familia”. Claro que esta última frase no se aplica para
mí, sin embargo, lo interpreto como que cada quien tiene una vida personal y
eso debe respetarse.
Antes de llegar a
China, yo también pensaba que solo en una empresa como Google era posible que
haya mesas de billar, gimnasio, cafetería, y salas de relajación a fin de que
los empleados se sintieran mejor y esto se viera reflejado en su eficiencia y
su sentido de pertenencia con la compañía.
Claro que este
relato corresponde a una empresa pública china donde aún se conservan las
tradiciones, a diferencia del sector privado donde se han adoptado costumbres
occidentales. Aún así, en la nueva China todavía importa el equilibrio del ying y el yang.
*Este articulo fue publicado por la revista VISTAZO, en la edición de las 500 MAYORES EMPRESAS (Septiembre 2013).

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