viernes, 22 de mayo de 2015

Un nuevo partido

Hoy me enteré de que has comenzado a jugar un nuevo partido. Decidiste entrar a la cancha otra vez y yo tengo una mezcla de sentimientos. No sé si sentirme espectador o suplente. De todos modos, ser suplente es una derrota. Y si no, vaya pregúntele a quien se acostumbró a ser titular. Titular de tu vida, tus sueños, tus alegrías y también de tus tristezas. Tú fuiste la mejor delantera que yo he conocido y también la mejor defensa. Yo era tu dupla de oro, eso decías, porque sacaba lo mejor de ti. Era un Dream Team, pero un día despertamos del sueño, yo en Beijing y tú en Guayaquil, a un océano de distancia. Juntos tratamos de extender este partido hasta más allá del tiempo reglamentario. Y en ese afán por hacer que continuara, cometimos –talvez yo más- un sinnúmero de faltas que hizo que lo nuestro se desgastara. Hubo tarjetas amarillas y también rojas, pero fuimos tercos y continuamos. “En la cancha hay que darlo todo con tal de ganar”, nos decíamos para darnos ánimo. Me consta que tú lo hiciste. Inventaste mil formas para hacerle gambetas a la Distancia. Tú te pusiste la camiseta, a mí la distancia me pesó más, por eso me retiré del partido antes de escuchar el pitazo final.
A pesar de eso seguiste jugando los minutos restantes. Yo me fui al camerino a pensar en otra cosa. “Otra cosa” es como llamo a mis prioridades. Esas que apoyaste y compartiste, a pesar de que no te incluían. Después de tanto correr de un lado a otro para tratar de atajar los tiros de la Distancia, de repente llegó un cañonazo y la pelota entró en el arco. Al final, nuestro partido terminó. Tú y yo perdimos y nos perdimos. Porque no respetamos el laissez faire, porque olvidamos el juego en equipo, porque la confianza se lesionó.
Ahora vuelves a la cancha y estoy sorprendido. Pensé que después del agotador partido que jugamos juntos, necesitarías más tiempo para volver a ponerte los pupos. En el fondo, confiaba que algún día podría jugar el mismo partido (así de ingenuo –o egoísta- soy).
No voy a decir que me alegra y que te deseo suerte porque no es lo que siento. Tampoco puedo competir porque no estoy cerca – y probablemente nunca lo estaré-.
Lo que está claro es que ya hay un campeón. Y es él. Porque está contigo y porque tú eres un trofeo para cualquiera a quien hayas decidido darle tu cariño.
Hoy, y a pesar de todo, sigo pensando que habríamos sido una dupla de oro porque sé que eres capaz de dar hasta el corazón en la cancha y porque solo tú has sido capaz de inspirarme a escribir estas líneas. 

martes, 19 de mayo de 2015

Una cucharada de curiosidad, dos de tolerancia


Nada de lo que en Ecuador se conoce como comida china realmente lo es. Salir de tremendo error me costó varios momentos de confusión y enojo cuando recién llegué a Beijing. Primero, porque no entendía nada en aquellos menús de restaurantes chinos que no tenían fotos de los platos. Y segundo, porque en la capital china no encontré ninguno de los platos más famosos de los “chifas”. Ese es el término que usamos en Perú y Ecuador para denominar a los restaurantes de comida china.

Cuando decidí venir al país de los osos panda, lo que más me preocupaba era el idioma, pero no la comida porque era fanático de los chifas en mi país.
A pesar de que en Ecuador, y en Latinoamérica diría yo, todavía se piensa que en China se come todo ser viviente que camine, nade o repte; siempre pensé que eso era más mito que realidad. En mi país, incluso se hacen muchas bromas acusando a los cocineros de los chifas de usar gatos e iguanas en lugar de pollo para preparar sus deliciosos platos. Aún así, la comida no era algo que me quitaba el sueño. Estaba convencido de que podía sobrevivir comiendo “chaulafán” y “wantán” frito por buen tiempo. “Chaulafán” es un plato de arroz frito (parecido al “chaufán” que sí es chino), pero con pedazos de pollo sin hueso y camarón, que comúnmente se combina con salsa de tomate. “Wantán”, en cambio, es un bocadillo hecho con una masa parecida a la de la empanada, relleno de camarón, frito de tal modo que el resultado final es algo muy crocante que se sirve con una salsa roja dulce. Sabroso, muy sabroso.

Una de las primeras y mayores decepciones fue no encontrar un plato de “chaulafán” ni una porción “wantán” frito en ningún lado. No podía creer que los chinos que están en Ecuador nos hubieran engañado a todos haciéndonos creer que lo que vendían era comida china. Contacté a una amiga china que vive en Perú y le pregunté al respecto. “Los chinos adaptaron su comida al paladar latinoamericano y crearon platos que se basan en la gastronomía china, pero que no son exactamente iguales porque añaden otros ingredientes y otras formas de cocción. La estrategia consiste en adaptar tu producto a las exigencias del mercado donde quieres tener éxito”, explicó.

Sus palabras tenían sentido y me ayudaron a aceptar, de una vez, que buscar los platos del “chifa” en Beijing era una tarea inútil, así que comencé a probar los auténticos platos chinos. El primero que me recomendaron “porque a todos los extranjeros les gusta”, decían mis amigos chinos, fue el宫保鸡丁 (Gōng bǎo jī dīng). Este plato, que lleva pollo, maní, pimiento rojo seco, azúcar y pimienta, combina lo dulce con lo picante, lo que lo hace tan peculiar y exquisito a la vez.

Después probé los jiǎozi (饺子) o raviolis chinos rellenos de cebolla, ajo y camarón; los fideos con carne 牛肉面 y la leche de soya (Dòujiāng豆浆). Todo muy rico.



Justo cuando había tomado impulso y estaba dispuesto a arrasar con todos los restaurantes chinos que estaban alrededor de mi casa, llegó un consejo que me hizo frenar a raya. Recuerdo que no había cumplido ni una semana en la oficina y mi jefa, en tono formal, me dijo: “Es mejor que no comas en esos pequeños puestos que venden comida en la calle ni en los pequeños restaurantes porque no son limpios”. Desde ese instante seguí su consejo a rajatabla y hoy, tres años después, puedo dar fe de que no he tenido ningún problema estomacal desde que estoy en China.
Pronto me di cuenta de que mi jefa no exageraba. La cuestión de la seguridad alimentaria es algo que preocupa a muchos chinos, tanto como la contaminación. Tan serio es el  asunto que el primer ministro Li Keqiang ha dicho en varias ocasiones: "Mejoraremos el modelo de desarrollo económico de China, lo que supondrá que el pueblo goce de aire limpio, agua potable y alimentos seguros". Y ha prometido resolver esos problemas "sin clemencia y con puño de hierro".


Para todos los gustos
China tiene 23 provincias y allí viven 56 etnias. Si cada una de ellas añade sus propios ingredientes a la comida, podemos tener una idea de lo diversa que es la comida china. En Latinoamérica, lo que se conoce como comida china es más parecido a la que proviene de la provincia de Guangdong porque de allí son oriundos muchos de los primeros emigrantes chinos que llegaron a tierra sudamericana.
Sin embargo, la gastronomía china va mucho más allá de la comida cantonesa. Comencé a recorrer las distintas ciudades chinas y así fui dándome cuenta de que la comida china es como un arco iris, pero de un número infinito de colores. Los raviolis típicos de Shanghai (生煎包, Shēng jiān bāo), el sánduche de carne de la ciudad de Xi’an que se llama ròu jiā mó (肉夹馍); y, por supuesto, la olla mongola (huǒguō, 火锅) de la provincia de Sichuan son algunos de los platos que más recuerdo.
Precisamente la olla mongola merece una mención aparte. Para comerla es necesario que los comensales se sienten alrededor de una olla con una sopa muy caliente que puede ser picante. Conforme la sopa se va calentando, se sirven platos con vegetales, así como carne de res, pollo, pescado y cordero. La olla mongola consiste en hervir la carne, haciéndole adquirir el sabor de la sopa. Los ingredientes son generalmente productos semielaborados, verduras y setas, los cuales serán más sabrosos si son hervidos por largo tiempo. Por el contrario, la carne debe cocinarse el tiempo preciso para disfrutar de su sabor.
La sopa clara, la salsa y las tajadas de cordero son los tres elementos indispensables. Una vez que la carne está cocinada, se la moja con distintos tipos de salsa. La de sésamo y ajo es una de las más comunes.

Este plato es típico de la provincia de Sichuan. Viajar a esta tierra y probar sus platos puede ser una experiencia que, literalmente, haga que sus ojos se llenen de lágrimas. Y no precisamente porque sea una experiencia emotiva, sino porque allí, la palabra ‘picante’ cobra otro sentido. No sé qué mecanismo de defensa hayan desarrollado los sichuaneses para tolerar –y disfrutar- comida tan picante, pero lo logran. Y es que si usted cree que por estar acostumbrado al picante de la comida mexicana ya está listo para la comida de Sichuan, ¡se equivoca!
Cuando yo vivía en Ecuador, era un ferviente creyente de aquella frase popular que dice: “comida mala con ají resbala”. Tal es así que para mí toda comida podía convertirse en un manjar con solo añadir un poco de salsa de ají (chile) licuado con tomate, cebolla y otros vegetales. Pero es distinto cuando a la comida no hay que añadirle una salsa picante, sino que ya viene servida con ese sabor que quema el paladar y adormece la lengua.
La última vez que comí una olla mongola con tres amigos extranjeros, recuerdo que a ellos tres les hizo daño y al día siguiente tuvieron mucho malestar en el estómago. Entonces eso me dejó la lección de que a la comida sichuanesa debe respetársela y no hacerse el valiente frente a ella.

Pero no se asuste, si usted viene a China nadie lo va a obligar a comer algo que no le guste. Por supuesto que los chinos son muy entusiastas al momento de organizar cenas y les gusta que los extranjeros prueben sus platos, pero también entienden que los extranjeros no están acostumbrados a la misma comida. Por eso, solo me queda recomendar que para disfrutar verdaderamente la comida china hay que ponerle a nuestra actitud una cucharada de curiosidad y dos de tolerancia. 

viernes, 27 de febrero de 2015

Correa conquista la muralla

El presidente Rafael Correa aseguró en China los fondos que necesitaba para sortear las dificultades del 2015. Ante la caída del precio del petróleo, el mandatario corrió a los brazos del gigante asiático que observa en él a un aliado clave, ahora que es Presidente pro témpore de la Celac. 


You lai you wang. Este popular proverbio chino explica por qué el presidente Rafael Correa se ganó la simpatía de los asiáticos en su reciente visita de Estado. Esa frase que podría traducirse como “cuando se da, se recibe” es una base de las relaciones duraderas en China. 
En una sociedad tradicional y protocolaria como la china, hay ciertos códigos culturales que facilitan el acercamiento a una cultura que, por su pasado, está acostumbrada a desconfiar de los extranjeros.
En su segunda visita de Estado al gigante asiático  –la primera fue en noviembre de 2007-, Correa demostró conocer esos códigos. Y claro, se rodeó de experimentados funcionarios como Leonardo Arízaga, ex embajador de Ecuador en China y actual vicecanciller, quien conoce bien cómo tratar a los chinos.
Nueve convenios por más de 7000 millones de dólares resumen lo obtenido por el Presidente Correa en China. “Con eso, en principio, estamos lo suficientemente fondeados para afrontar este año difícil”, dijo.
Año en el que Ecuador debe sortear la caída del precio petróleo, la crisis económica en Rusia que es el principal mercado de las rosas y la depreciación de las monedas de Colombia y Perú que resta competitividad a las exportaciones ecuatorianas. A esto se suman los grandes desembolsos de dinero que deben realizarse para financiar obras estratégicas como los proyectos multipropósito que el Gobierno espera inaugurar en 2015, con los cuales se multiplicará por seis el área irrigada del país.
“La estrategia para el 2015 será tratar de mantener el nivel de inversión social financiada con créditos externos y mantener el flujo de dólares en la economía. Vamos a dar prioridad al gasto público que dinamiza la economía”, dijo Correa.
Una frase recurrente en cada una de sus intervenciones en el país de Confucio fue: “nuestro problema no es fiscal, es un problema externo. Los problemas fiscales podemos resolverlos decretando ajustes del gasto público o eliminando subsidios, pero yo no puedo decretar el precio internacional del petróleo”.
La elocuencia que demostró en cada intervención que realizó en China, su frontalidad, ironía y carisma encantaron a los chinos, país acostumbrado a líderes acartonados.

Se robó el show

El 8 de enero pasado se realizó en Beijing la inauguración del Primer Foro Ministerial China-Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños). Solo tres presidentes de Latinoamérica asistieron: Luis Guillermo Solís, de Costa Rica, en calidad de Presidente pro témpore de Celac; Nicolás Maduro, de Venezuela; y Rafael Correa, de Ecuador,  quien a fines de enero asumirá la Presidencia de dicho ente.
Previo a este foro, uno de los temas que estuvo en boga entre las delegaciones diplomáticas latinoamericanas fue la destitución del ministro asistente de Relaciones Exteriores de China, Zhang Kunsheng, como parte de la campaña anticorrupción emprendida por el presidente Xi.
Al diplomático se le imputa por “sospechas de violación disciplinaria”, eufemismo con el que las autoridades chinas suelen referirse a actos de corrupción. Zhang era el principal responsable de Latinoamérica y el Caribe en la Cancillería china, por lo que era habitual su presencia en actos diplomáticos de la comunidad latinoamericana en la capital china o en reuniones con jefes de Estado.
El comunicado de dicho Ministerio chino que anunció la destitución de Zhang no reveló detalles sobre los delitos que se sospecha que cometió y, desde entonces, el tema se maneja con el usual hermetismo de las autoridades chinas.
En el foro China-Celac no se mencionó el asunto. Como era de esperarse, discursos cargados de buenos augurios se escucharon en el encuentro. El presidente costarricense, por ejemplo, aplaudió el “paso histórico” que los países latinoamericanos estaban dando en la búsqueda de la integración regional. Sin embargo, el discurso que más resonancia tuvo en los medios chinos y en weibo (el twitter chino) fue el de Correa.
Cuatro objetivos principales planteó Correa: reforzar el multilateralismo, plantear una profunda transformación y democratización del sistema de Naciones Unidas, impulsar compromisos verdaderos para mitigar la crisis climática que enfrenta la humanidad, y asegurar una paz duradera en todo el planeta.
Correa adelantó que cuando asuma la Presidencia de la Celac, se enfocará en la creación de centros de arbitraje regionales, sin  influencia estadounidense. Además buscará alternativas para que las transacciones entre los países se realicen en moneda propia y no con dólares “porque el sistema de pagos mundial que tenemos actualmente es una forma de dominación”.
Cada vez que Correa decía “xie xie” (‘gracias’ en mandarín), juntaba sus manos con los dedos estirados. Ese gesto que en el mundo occidental católico se utiliza al momento de hacer una súplica a Dios, en China tiene otra connotación. Significa “gracias” y es mejor si se inclina la cabeza al mismo tiempo. Es un gesto de agradecimiento sincero y de humildad muy bien visto por los chinos.
Estos pequeños detalles que tuvo en cuenta Correa no los tuvo ningún otro de los mandatarios latinoamericanos que participaron en el foro. Los demás solo se aprendieron de memoria la palabra “xie xie”.
Esa misma noche, en el noticiario estrella de la CCTV (Televisión Central de China) se presentaron dos noticias sobre Ecuador, algo inédito. En las notas sobre el Foro China – Celac, los presidentes de Venezuela y Costa Rica fueron mencionados, pero los medios chinos dieron trato diferencial a Correa. “He sido su fan desde hace muchos años”, confesó Luan Xiang, reportera de la agencia oficial Xinhua. “Correa es uno de los líderes más carismáticos y preclaros del actual panorama latinoamericano. Como economista, sobresale en sus agudos análisis y en la formulación de osadas soluciones para los problemas del continente. Como político, destaca su audacia y lucha por un nuevo orden social con todos y para el bien de todos”, publicó El Diario el Pueblo, periódico del Partido Comunista de China. Y ni hablar de las menciones que se hicieron en weibo, wechat (whatsapp chino) y renren (facebook chino) sobre “Lafeier Keleya”, pronunciación de su nombre en mandarín.

Pero el encantamiento no solo llegó a los chinos. “Ya quisiera que nuestro país tuviera un Presidente como el vuestro”, dijo José Álvarez, corresponsal de la agencia española Efe en Shanghai.
Correa expresó un sinnúmero de veces su admiración por Mao Zedong al que calificó como “uno de los más grandes hombres de la humanidad” y aprovechó esta visita para colocar en su mausoleo una ofrenda floral. En cada una de sus actividades, Correa no escatimó en dar abrazos y besos a cada ciudadano chino que le pidió una foto. “Me dio un abrazo muy fuerte, muy cariñoso, estoy muy sorprendida”, dijo Luo Yao, traductora china que estuvo en la rueda de negocios entre empresarios chinos y ecuatorianos que organizaron las oficinas comercial de Proecuador.
La principal novedad para los empresarios que acompañaron al Presidente fue el anuncio de las conversaciones entre China y Ecuador sobre un acuerdo arancelario de contingencia que permita que algunos productos ecuatorianos  como el banano, atún, flores, camarón, café y cacao logren un cupo para entrar al mercado chino sin pagar arancel. 

De par en par

En la Universidad Tsinghua, una de las más prestigiosas de China, Rafael Correa ofreció la conferencia “La nueva economía ecuatoriana: un ejemplo de por qué el neoliberalismo es la vía equivocada”. Allí habló sobre la supresión mutua de visado y los asistentes chinos lo aplaudieron. “Para nosotros siempre ha sido difícil conseguir visa porque estamos acostumbrados a que nos cierren las puertas”, dijo Liu Ling, estudiante de Ingeniería Industrial. “Cuando un chino viaja a Venezuela recibe un trato distinto en el aeropuerto, nos piden que hagamos otra fila, nos revisan las maletas y los documentos. Eso no se lo hacen a nadie más. Lo mismo pasa en Brasil y Argentina. Estoy muy contenta de saber que se terminó el dolor de cabeza de la visa con Ecuador”, dijo Yuan Aiping, profesora.
Fomentar la llegada de turistas chinos es el objetivo de dicha medida. “120 millones de chinos salen a hacer turismo anualmente. Con el 1 por ciento de eso estaríamos contentos”, afirmó el Presidente.  Aunque esta medida fue tomada como una novedad en el país de Mao, no es la primera vez que Ecuador elimina la exigencia de visa para los chinos. En junio de  2008, Correa decretó lo mismo, pero la medida se derogó meses después porque Ecuador estaba siendo utilizado como escala para el tráfico ilegal de personas hacia Estados Unidos y los países vecinos, lo que provocó reclamos.
Ser el primer país latinoamericano que exime de la exigencia de visa a los chinos es un gesto difícil de corresponder. Y por su principio de “you lai you wang”, los chinos tenían que ser recíprocos. Y lo fueron: el Eximbank otorgó un crédito concesional por 5.296 millones de dólares que será destinado a proyectos sociales, de movilidad, riego e infraestructura. Además, la misma entidad comprometió 250 millones para las cocinas de inducción. Por su lado, el Banco de Desarrollo de China concedió otros 1.500 millones para financiar el Plan Anual de Inversiones de este año. Además, el Banco de China otorgó dos créditos, uno por 400 millones para las Escuelas del Milenio, y otro por 80 millones para proyectos de infraestructura.
Para el investigador de la Academia China de Ciencias Sociales, Xu Shicheng, la clave del impacto que tuvo Correa en los chinos fue su estilo, su carisma. “Rafael Correa no sólo es un hombre teórico, sino también es un hombre de acción”. El profesor Xu subraya que, bajo la dirección de Correa, el pueblo del Ecuador ha superado el nefasto ciclo neoliberal y, de la misma forma, otros países de Latinoamérica también están surgiendo para ser dueños de su propio destino. Este académico chino, autor de la biografía en mandarín de Hugo Chávez, halla una similitud en el carisma de ambos y considera que ahí está la explicación de por qué Correa ‘se robó el show’ en una semana en la que la capital china recibió a los cancilleres de toda Latinoamérica y el Caribe.

Su libro

 “E gua duo er: xiang  jiao gong he guo de mi shi” que literalmente significa “Ecuador: la perdición de la República de la banana” es el título de la versión en mandarín del libro de Correa. En la Academia China de Ciencias Sociales se realizó el lanzamiento del libro ante la élite de la investigación social del gigante asiático. La obra fue traducida por  Yin Chengdong, prestigioso traductor chino de obras de  Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar.
“El objetivo de presentar esta obra es dar a conocer en China una realidad que vivió Ecuador, pero que también la vivieron Argentina, Bolivia y otros, entonces es una historia sobre Latinoamérica.  La urgencia de este libro surgió cuando llegué al Ministerio de Economía porque comencé a ser víctima del orden mundial. Lo que he vivido convierte a este libro en un testimonio de que todo está en función del capital”, dijo Correa.

Ya en la ronda de preguntas, una investigadora china le preguntó: “si la dolarización es tan mala, ¿por qué no salir de ella?”. “Porque el costo de salir de ella sería muy alto.  La única salida que veo a mediano plazo es la creación de una moneda regional o sudamericana”, respondió Correa. 

*Publicado en la revista Vistazo. 




jueves, 18 de diciembre de 2014

Texto original sobre cómo es la convivencia con chinos

Vivir con chinos: sorpresas te da la vida
Por RAFAEL VALDEZ

Para lograr una mayor inmersión en la cultura china decidí compartir departamento con amigos chinos. Gracias a esto he conocido a personas amables y solidarias, pero muy reservadas y controladoras. De todos modos, siento que es otra manera de conocer China.



En Beijing, hay extranjeros que viven en burbujas, están en China pero no lo están. Sus amigos son extranjeros, compran en supermercados extranjeros y frecuentan lugares extranjeros. En esos casos, la inmersión con la cultura china es imposible y yo no quería eso. Trabajo en una empresa china y eso me ha ayudado mucho a conocer la forma de pensar de mis compañeros, pero vivir con alguien es distinto. Así es que decidí buscar un chino con quien compartir una casa. En el portal The Beijinger, encontré a Hu Na, o Heidy. Alta, delgada, 24 años, capitalina, con un cuerpo que evidenciaba las largas horas de trabajo que pasaba en el gimnasio. Había estudiado Diseño Gráfico, pero prefería dar clases de spinning. Era hija única, sus padres ya habían comprado dos departamentos que ella heredaría y, en busca de independencia y para mejorar su nivel de inglés, Heidy había decidido mudarse a vivir con extranjeros. Alquiló uno grande con tres cuartos en la zona de Caofang, al final de la línea 6 del metro. Luego publicó un aviso en The Beijinger para arrendar los cuartos y así conoció a Abdul, un jordano de 40 años, soltero y, a primera vista, encantador. Abdul se mostró educado, hablaba bien chino y tenía un buen trabajo. Razones suficientes para que Heidy confiara. La semana siguiente llegué yo y la casa estaba llena. Pero bastaron unos días para que Abdul sacara las garras.

El violento rompeplatos  
El primer domingo de mi nueva vida compartiendo casa comenzó con gritos. Me desperté asustado. Abrí lentamente la puerta y vi a Abdul enfurecido. Le reclamaba a Heidy por qué había cambiado de lugar sus cosas en la cocina. Él estaba buscando el té y no lo encontró, entonces estalló. Heidy le repetía que solo quería ordenar un poco las cosas, que la disculpara. Él lanzaba al piso todo lo que encontraba. Rompió varios platos y vasos. Heidy lloraba mientras esquivaba lo que Abdul le lanzaba. Esta escena duró unos minutos, aunque pareció una eternidad. Yo estaba tan sorprendido que no alcancé a reaccionar. Apenas Abdul se cansó de romper cosas, entró a su cuarto, Heidy al suyo, y yo cerré el mío con llave.
Pasaron dos días de aparente calma hasta que llegó el Día de la Madre. Como es mi costumbre, conversó con mi mamá por skype. Ese día, en especial, conversamos durante más de una hora. A la mañana siguiente, Heidy me envió un mensaje pidiéndome que, por favor, no volviera a “meter” una mujer en mi cuarto porque eso estaba prohibido. No sabía de qué hablaba, así que la llamé para aclarar las cosas. Me dijo que Abdul se había quejado de que yo había “metido” una prostituta en mi cuarto y que él había escuchado todo. Le expliqué a Heidy que yo no había llevado a nadie a la casa y que la voz que él había escuchado era la de mi mamá. Esa noche esperé que él llegara a casa y le reclamé. Él se enfureció. Me dijo que quién creía que era para atreverme a reclamarle. Comenzó a gritarme y como “el que discute con un necio es dos veces necio”, me di la vuelta y lo dejé hablando solo. Al día siguiente me mudé.

Las reglas absurdas
Como prácticamente salí corriendo de esa casa, no tuve mucho tiempo para buscar un nuevo cuarto. Así que volví a The Beijinger y encontré uno que estaba solo a una estación de metro de distancia. Ese sector realmente me gustaba porque los edificios son nuevos, bien decorados y el arriendo es relativamente barato. En mi apuro por mudarme no medité con calma las condiciones del nuevo departamento. Li Na, china de 26 años, era la arrendataria principal. Tenía un cuarto disponible y también una sola condición: no se podía recibir ningún tipo de visitas nunca. En ese momento no me pareció importante. Estaba asustado y solo quería salir corriendo del otro lugar, así que acepté.
Li Na era todo lo opuesto a lo que había leído en internet sobre el comportamiento de los chinos en casa. Era extremadamente limpia, ordenada, usaba productos de marcas extranjeras que compraba en Hong Kong, practicaba yoga en la sala y en el baño tenía una máquina para hacer masajes a los pies. Además, siempre me regalaba un dulce de distintas partes de China para que probara la diversidad de su país. Li Na vivía en Beijing hace cinco años, pero era de la provincia de Hebei. Trabajaba como vendedora en una inmobiliaria y sus comisiones le permitían llevar una vida llena de viajes, ropa y diversión. Le encantaba cocinar. Preparaba unas deliciosas sopas picantes y un “Gong bao ji ping” para chuparse los dedos. Este plato hecho con pollo y maní, de sabor dulce y picante es uno de mis favoritos actualmente y creo que es gracias a ella.
Aunque nuestra relación era cordial, nunca llegamos a ser amigos porque después de dos meses, me harté de su regla de “no a las visitas” y decidí mudarme.
Un amigo chino de 29 años al que conocía desde hace un año atrás estaba buscando compañero de apartamento y no dudé ni un minuto en mudarme para vivir con él.

Ceder para convivir
Aiguo Wang también era oriundo de Hebei. Tiene 29 años y trabaja en China Unicom. Con él pude atestiguar el gran estrés que viven los chinos provenientes de pequeñas ciudades al tratar de conseguir el hukou (sistema de registro de residencia).
Aiguo también era lo opuesto al estereotipo de los chinos desordenados y poco adeptos a la limpieza. Todo lo contrario. Era muy ordenado. Cada espacio en la cocina estaba asignado para un objeto específico y a mí no me quedó otra opción que memorizarlo para que él no se enojara. Los condimentos debían ir en la alacena izquierda, las ollas a la derecha, el agua debía estar junto a la tetera y en el piso de la cocina no podía haber ni una gota de agua, todo debía estar reluciente. Confieso que me costó acostumbrarme al extremo cuidado que Aiguo tenía en cada detalle de la cocina, pero luego me resultó natural.
Es un hombre muy disciplinado. Hace deportes, trabaja y estudia francés por internet. Estableció horarios para el uso del baño, lavar la ropa, limpiar la casa, cocinar, en fin… todo estaba fríamente calculado.
Lo que me sorprendió es su manera de controlar incluso sus emociones. Recuerdo un día en que lo encontré hablando por teléfono, mejor dicho gritando. Parece que del coraje se le salieron las lágrimas y, cuando cerró la llamada, traté de consolarlo, lo abracé, pero me dijo que él “no está acostumbrado a recibir abrazos y que eso en China no se hace”. Se encerró en su cuarto y me dejó con los brazos estirados. Lo hizo varias veces, así que, poco a poco, fue logrando que yo no me inmutara viera lo que viera. No puedo negar que pasamos muchos momentos de alegría como cuando me enseñó a preparar fideos con carne al estilo de su ciudad o camarones fritos. Tampoco puedo dejar de reconocer lo mucho que él me ayudó haciendo trámites o yendo al médico, cuestiones en las que el idioma es un gran obstáculo para un extranjero.
Pasaron los meses y yo comencé a recibir cada vez más visitas de amigos extranjeros que venían a ver películas o a cocinar conmigo. Parece que a Aiguo le incomodó esta situación, así que estableció una nueva regla: solo podía recibir dos visitas semanales. Para mí, fue un deja vu. Y esta vez no estaba dispuesto a soportarlo.

Me cansé de que me dijeran cuántas veces me pueden visitar, de que me pongan horarios para todo, me cansé de sentir que mi casa es un colegio y que mi compañero de apartamento es un inspector y no un amigo. Por eso decidí mudarme otra vez y lo seguiré haciendo cuantas veces sea necesario.  

Texto políticamente correcto sobre cómo es la convivencia con chinos

Vivir con chinos
Por RAFAEL VALDEZ

Para lograr una mayor inmersión en la cultura china decidí compartir departamento con chinos. Gracias a esto he conocido a personas amables y solidarias, pero también a unos muy reservados y controladores. De todos modos, siento que es otra manera de conocer China.

En Beijing, hay extranjeros que viven en burbujas, están en China pero no lo están. Sus amigos son extranjeros, compran en supermercados extranjeros y frecuentan lugares extranjeros. En esos casos, la inmersión con la cultura china es imposible y yo no quería eso. Trabajo en una empresa china y eso me ha ayudado mucho a conocer la forma de pensar de mis compañeros, pero vivir con alguien es distinto. Así es que decidí buscar un chino con quien compartir una casa. En el portal The Beijinger, encontré a Hu Na, o Heidy. Alta, delgada, 24 años, capitalina, con un cuerpo que evidenciaba las largas horas de trabajo que pasaba en el gimnasio. Había estudiado Diseño Gráfico, pero prefería dar clases de spinning. Era hija única, sus padres ya habían comprado dos departamentos que ella heredaría y, en busca de independencia y para mejorar su nivel de inglés, Heidy había decidido mudarse a vivir con extranjeros. Alquiló uno grande con tres cuartos en la zona de Caofang, al final de la línea 6 del metro. Luego publicó un aviso en The Beijinger para arrendar los cuartos y así conoció a Abdul, un jordano de 40 años, soltero y, a primera vista, encantador. Abdul se mostró educado, hablaba bien chino y tenía un buen trabajo. Razones suficientes para que Heidy confiara. La semana siguiente llegué yo y la casa estaba llena. Pero bastaron unos días para que Abdul sacara las garras.

El violento rompeplatos  
El primer domingo de mi nueva vida compartiendo casa comenzó con gritos. Me desperté asustado. Abrí lentamente la puerta y vi a Abdul enfurecido. Le reclamaba a Heidy por qué había cambiado de lugar sus cosas en la cocina. Él estaba buscando el té y no lo encontró, entonces estalló. Heidy le repetía que solo quería ordenar un poco las cosas, que la disculpara. Él lanzaba al piso todo lo que encontraba. Rompió varios platos y vasos. Heidy lloraba mientras esquivaba lo que Abdul le lanzaba. Esta escena duró unos minutos, aunque pareció una eternidad. Yo estaba tan sorprendido que no alcancé a reaccionar. Apenas Abdul se cansó de romper cosas, entró a su cuarto, Heidy al suyo, y yo cerré el mío con llave.
Después de esto, decidí mudarme a los pocos días.

Las reglas absurdas
Como prácticamente salí corriendo de esa casa, no tuve mucho tiempo para buscar un nuevo cuarto. Así que volví a The Beijinger y encontré uno que estaba solo a una estación de metro de distancia. Ese sector realmente me gustaba porque los edificios son nuevos, bien decorados y el arriendo es relativamente barato. En mi apuro por mudarme no medité con calma las condiciones del nuevo departamento. Li Na, china de 26 años, era la arrendataria principal. Tenía un cuarto disponible y también una sola condición: no se podía recibir ningún tipo de visitas nunca. En ese momento no me pareció importante. Estaba asustado y solo quería salir corriendo del otro lugar, así que acepté.

Li Na era extremadamente limpia, ordenada, usaba productos de marcas extranjeras que compraba en Hong Kong, practicaba yoga en la sala y en el baño tenía una máquina para hacer masajes a los pies. Además, siempre me regalaba un dulce de distintas partes de China para que probara la diversidad de su país. Li Na vivía en Beijing hace cinco años, pero era de la provincia de Hebei. Trabajaba como vendedora en una inmobiliaria y sus comisiones le permitían llevar una vida llena de viajes, ropa y diversión. Le encantaba cocinar. Preparaba unas deliciosas sopas picantes y un “gong bao ji ding” para chuparse los dedos. Este plato hecho con pollo y maní, de sabor dulce y picante es uno de mis favoritos actualmente y creo que es gracias a ella.

Aunque nuestra relación era cordial, nunca llegamos a ser amigos porque después de dos meses, me harté de su regla de “no a las visitas” y decidí mudarme.
Un amigo chino de 29 años al que conocía desde hace un año estaba buscando compañero de apartamento y no dudé ni un minuto en mudarme para vivir con él.

Ceder para convivir
Wang Aiguo también era oriundo de Hebei. Tiene 29 años y trabaja en China Unicom. Con él pude atestiguar el gran estrés que viven los chinos provenientes de pequeñas ciudades al tratar de conseguir el hukou (sistema de registro de residencia permanente) de Beijing.

Aiguo también era muy ordenado. Cada espacio en la cocina estaba asignado para un objeto específico y a mí no me quedó otra opción que memorizarlo para que él no se enojara. Los condimentos debían ir en la alacena izquierda, las ollas a la derecha, el agua debía estar junto a la tetera y en el piso de la cocina no podía haber ni una gota de agua, todo debía estar reluciente. Confieso que me costó acostumbrarme al extremo cuidado que Aiguo tenía en cada detalle de la cocina, pero luego me resultó natural.

Es un hombre muy disciplinado. Hace deportes, trabaja y estudia francés por Internet. Estableció horarios para el uso del baño, lavar la ropa, limpiar la casa, cocinar, en fin… todo estaba fríamente calculado.

Lo que me sorprendió es su manera de controlar incluso sus emociones. Recuerdo un día en que lo encontré hablando por teléfono, mejor dicho gritando. Parece que del coraje se le salieron las lágrimas y, cuando cerró la llamada, traté de consolarlo, lo abracé, pero me dijo que él “no está acostumbrado a recibir abrazos y que eso en China no se hace”. No puedo negar que pasamos muchos momentos de alegría como cuando me enseñó a preparar fideos con carne al estilo de su ciudad o camarones fritos. Tampoco puedo dejar de reconocer lo mucho que él me ayudó haciendo trámites o yendo al médico, cuestiones en las que el idioma es un gran obstáculo para un extranjero.

Pasaron los meses y yo comencé a recibir cada vez más visitas de amigos extranjeros que venían a ver películas o a cocinar conmigo. Parece que a Aiguo le incomodó esta situación, así que estableció una nueva regla: solo podía recibir dos visitas semanales. Para mí, fue un deja vu. Y esta vez no estaba dispuesto a soportarlo.

Me cansé de que me dijeran cuántas veces me pueden visitar y de que me pongan horarios para todo. Por eso decidí mudarme otra vez y lo seguiré haciendo cuantas veces sea necesario. Aún así considero que la experiencia de vivir con chinos ha sido muy valiosa porque me ha permitido conocer, de primera mano, cómo piensan y se comportan en el día a día. Además me ayudó a entender que detrás de algunas desavenencias están las diferencias culturales y que la mayor parte de las cosas negativas que en internet circulan sobre la experiencia de vivir con chinos es puro prejuicio basado en ignorancia.  

jueves, 10 de abril de 2014

“China debe mirarnos con otros ojos”

El ex presidente de Colombia, Andrés Pastrana, participó en el foro “Yendo a Latinoamérica”, realizado en Guangzhou. En el diálogo que tuvo con China Hoy, él enfatizó que China debe mirar a los países latinoamericanos como socios.



China Hoy (CH): Tanto su padre como usted tuvieron en común el haber promovido el acercamiento con China cuando fueron presidentes de Colombia. ¿Cómo ha sido la relación de los Pastrana con China?

Andrés Pastrana (AP): En 1974, mi padre, cuando era presidente de Colombia, vino a China, y resulta que la persona que se encargó de llevarlo a conocer el país fue Deng Xiaoping quien entonces trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Desde ese momento, mi padre estableció una buena relación con el líder, tanto que mi partido, que es el Partido Conservador de Colombia, es hermano del Partido Comunista de China, pero mucha gente no sabe esto. Entonces la relación entre Colombia y China la conozco de cerca. De hecho, mi padre fue uno de los primeros que en Colombia hizo ver la importancia de abrir relaciones con China hace más de 30 años. Posteriormente, ya como presidente, yo quise todavía acercarnos más y tuve el honor de venir en 1999 en una visita de Estado con el presidente Jiang Zeming y otras autoridades. Yo creo que esto ha continuado, lo hizo el Gobierno del presidente Álvaro Uribe, y lo ha hecho el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Asimismo, el actual presidente de China, Xi Jinping, estuvo en Colombia en 2009 cuando era vicepresidente. Además estuvo en México, Costa Rica, Trinidad y Tobago, es decir, ha visitado países estratégicos para China. Por otro lado, cada vez vemos más diplomáticos chinos visitando la región lo que significa que somos importantes.

CH: ¿Cuántas veces ha estado en China?
AP: Por lo menos seis veces.

CH: ¿Hay algo que le siga sorprendiendo?
AP: China siempre va a sorprender porque cada vez uno conoce algo nuevo. Ahora tuve la oportunidad de ir a la zona de Yunnan que es la zona cafetera, la zona del té, y fue muy interesante porque, en buena parte, se asemeja a nuestro país. El paisaje es casi igual. Uno se sentía como en Colombia y además fue muy interesante compartir con los agricultores. Hace algunos años, tuve la oportunidad de estar en el Tíbet, en Xi’an, y en muchos sitios de China, pero cada vez que uno viene encuentra cosas nuevas.
Yo vine acá, por primera vez, en 1982, acompañé a mi padre a una reunión de ex presidentes en Shanghai. Ha sido interesante ver cómo se ha ido transformando este país.
Recuerdo que cuando vine, por primera vez, a Beijing, la avenida que había entre el aeropuerto y la ciudad era doble vía, no existía lo que vemos hoy en día.

CH: Así como se desarrolla, China tiene retos que comparte con los países latinoamericanos, por ejemplo, la trampa de los ingresos medios. ¿Qué experiencias podrían compartir China y Latinoamérica para evitar caer en esa trampa?
AP: Sí, hay muchas experiencias que podemos compartir. En el caso colombiano, lo que vemos ahora es un gran crecimiento de la clase media y seguimos en la búsqueda de la mejor manera para lograr la redistribución de la riqueza. Un claro ejemplo de esto es el caso del café en Colombia. 500 mil familias viven de eso y si usted visita esa zona, se puede dar cuenta de que es una zona de paz porque buena parte de las ganancias del café se invirtieron en escuelas, hospitales e infraestructura y eso ha permitido esa pacificación, además permitió la redistribución verdadera de esos ingresos porque si usted va a Colombia no encuentra los grandes empresarios o latifundistas del café, sino a pequeños campesinos con sus parcelas, a pesar de los problemas que hemos tenido. Experiencias como esa podemos compartir.
Por otro lado, China tiene que mirar a América Latina con otros ojos porque yo creo que muchas veces nos ven como a África y somos muy distintos, con culturas y formas de negociar completamente diferentes, por eso yo creo que esto es importante resaltar. China tiene que vernos distinto para que, de esta manera, haya un intercambio de experiencias que van a ser positivas para los dos países.

CH: ¿A qué se refiere con que “nos vean con otros ojos”?
AP: A que nos vean como socios, que China vaya a América Latina para quedarse, que no solamente llegue a nuestra región para comprarnos commodities, sino a hacer inversiones, y ya lo estamos viendo. En Colombia ya existen joint-ventures, China ya entró a participar en exploración petrolera, pero aún hay muchas oportunidades, por ejemplo, en infraestructura. En Colombia hay un plan muy importante que comenzó en mi gobierno y que estamos todavía implementando para hacer grandes inversiones en vías, puertos, aeropuertos, recuperación del río magdalena, el tren… entonces hay una serie de oportunidades para los chinos. Igualmente, nosotros debemos buscar oportunidades en China, tenemos que ser más competitivos y, por eso, para nosotros es fundamental el tema de la infraestructura porque hoy cuesta más llevar un contenedor desde Bogotá hasta la costa del caribe que llevarlo desde la costa caribeña hasta Shanghai.
Por ejemplo, el primero puede costar entre 2000 y 2300 dólares, mientras que llevar un contenedor desde la costa caribeña hasta shanghai cuesta entre 900 y 950 dólares. Así no vamos a ser competitivos, por eso es importante invertir en infraestructura.

CH: Otro de los desafíos que comparte China y Latinoamérica es la lucha contra la corrupción. De hecho, el Gobierno chino está empeñado en una campaña anticorrupción…
AP: A eso me iba a referir cuando hablamos de África porque allá lo que hemos visto, en buena parte, es que hay mucha corrupción. Por eso China tiene que mirarnos con otros ojos. Actualmente, para los gobiernos latinoamericanos, uno de los principales temas es cómo podemos acabar con la corrupción que, al fin y al cabo, es el impuesto más grande de los pobres. Este es un aspecto en el que debemos tener mucho cuidado y me refiero al comportamiento del sector privado chino en todo lo relacionado a licitaciones y contrataciones. Tienen que comportarse de una forma distinta. No pueden ir a nuestra región pensando que los contratos se adjudican a dedo, no, América Latina es distinta y tienen que mirarla con otros ojos.

CH: Usted ya mencionó el tema de la competitividad que esta vinculado con la oportunidad que representan las nuevas zonas de desarrollo económico que el Gobierno de China promueve, así como la zona piloto de libre comercio de Shanghai. ¿Qué industrias colombianas podrían competir en esas zonas?
AP: Yo creo que la industria textil colombiana puede ser competitiva, pero en esto nosotros también debemos reconocer que la China de hoy es distinta a la de antes. Aquí la mano de obra se viene encareciendo. Incluso hay empresas chinas que están buscando irse al sureste asiático o a Latinoamérica por costos de la mano de obra. Entonces ahí tenemos oportunidades.
Nosotros debemos buscar mercados como este, por ejemplo, con nuestro café. A mí me sorprende cómo cada vez se consume más café en China. Las primeras veces que visité este país nadie te ofrecía café, en cambio ahora te preguntan: ¿desea té o café?

Hoy, incluso, ya estamos hablando de firmar un Tratado de Libre Comercio con China, pero si no hay carreteras ni puertos, ¿qué vamos a hacer? Por eso es importante que el Gobierno colombiano ponga toda su prioridad en el tema de infraestructura. 

sábado, 29 de marzo de 2014

“Debemos buscar mecanismos para no estar sujetos a las fluctuaciones del dólar”

Para el ex presidente de Bolivia, Jorge Quiroga, el futuro de la relación sino-latinoamericana se basa en cuatro áreas: Integración, Producción, Energía y Divisas. En este último punto subrayó la necesidad de la convertibilidad del yuan. Quiroga conversó con China Hoy, a propósito de su participación en el foro Yendo a Latinoamérica, realizado en la ciudad de Guangzhou, al sur de China, en febrero.



China Hoy (CH): Durante su intervención, usted habló de la evolución del rol de China en sus relaciones con Latinoamérica, es decir, que pase de ser comprador a prestamista, luego inversionista y, finalmente, socio pleno. ¿En qué fase estamos ahora y qué desafíos usted encuentra para alcanzar esa relación ideal?
Jorge Quiroga (JQ): Yo creo que actualmente estamos entre el primer y segundo paso, es decir, comprador de materias primas y prestamista, pero préstamos dirigidos a países que a veces no tienen acceso a mercados debido a su política económica. Estamos hablando de Argentina, Venezuela, Ecuador, países que no están en los circuitos financieros, que no pueden emitir deuda o que han cerrado las puertas al financiamiento del Banco Mundial.
China es hoy comprador de materias primas de casi todos los países de Sudamérica y prestamista selectivo a países en función de cuán cerrados están a mercados financieros. Yo creo que lo más sano es una evolución hacia un prestamista en función a necesidades de cooperación y no a restricciones de acceso, para después pasar a la siguiente fase que es la de inversionista que, poco a poco, ya se está viendo, por ejemplo, en Perú. Pero lo ideal es un inversionista que no solo venga a los sectores extractivos, sino también a sectores de servicios, de comunicaciones, y finalmente desarrolle una sociedad plena donde China sea alguien que compre, que coopere, que invierta y que desarrolle sectores manufactureros. Así evitamos que, de aquí a unos años, China sea acusada de ser el nuevo poder económico que extrae la sangre de las venas de América Latina como ha pasado con Europa y Estados Unidos. China, claramente, tiene una imagen diferente porque ha sido un país incluso más pobre que nosotros hace 50 años, entonces no hay animadversión hacia China, pero con el transcurrir de los años, si la gente siente que solo se llevan el cobre, el hierro, el petróleo, el carbón, el gas, la soya… puede empezar a generarse una reacción negativa.

CH: ¿Cómo se puede dar ese paso si las empresas latinoamericanas aún tienen una tarea pendiente en cuanto a competitividad y en la producción de bienes con valor agregado?
JQ: Justamente la ventaja de China en el sector manufacturero es su altísima competitividad que se ha basado en su desarrollo tecnológico y en costos laborales muy bajos, pero con el tiempo, los costos laborales chinos están subiendo, entonces lo que se requiere es la transferencia de tecnología a países que tenemos costos laborales parecidos o más bajos que los de China, y más cercanos a los mercados de EEUU y Europa.
Por ejemplo, el 90 % del litio del planeta está en Sudamérica. Me pregunto: ¿Cuál va a ser la receta? ¿Exportar el litio en crudo en barcos hasta China para que aquí hagan las baterías y nos exporten los celulares, las computadoras y las baterías de vehículos; o inversión china para que en Sudamérica podamos hacer las baterías y venderlas al mercado estadounidense y europeo? La respuesta a este tipo de preguntas va a ser determinante para establecer qué clase de relación construimos. Mi temor es que si la sensación que queda es que China se lleva el litio en bruto, el cobre en bruto, el hierro en bruto para después devolvernos productos manufacturados y no desarrolla la transferencia de tecnología a sectores intensivos de mano de obra, se empezarán a incubar frustraciones, además que el costo energético se convertirá en un factor que pesará mucho.
El mundo manufacturero ha perseguido costos laborales bajos que han estado en China y Filipinas, sin embargo, ahora cada vez más persiguen costos energéticos bajos que actualmente están en Norteamérica. El costo de la energía más bajo del mundo está en EEUU, muestra de esto son las reservas de gas de esquisto que tienen. Si China no empieza a trasladar tecnología hacia países de Latinoamérica más cercanos al mercado de EEUU y que, además, tienen energía más barata va a tener complicaciones. Volviendo al ejemplo del litio, para China va a ser muy difícil convertirse en el gran campeón mundial de manufactura de baterías de litio si decide llevar el litio desde Sudamérica hasta su país y fabricar con gas australiano que cuesta tres o cuatro veces. Creo que es más conveniente hacer eso cerca de donde está el litio, con costos de energía más accesibles como los que tenemos en América Latina.

CH: ¿Considera que los países latinoamericanos actualmente están haciendo bien la tarea de buscar esa transferencia tecnológica cuando negocian con China?
JQ: Eso varía, es difícil generalizar. Hay dos clases de países en América Latina: los que se preparan de mejor manera en lo macroeconómico y en cuanto a competitividad para engranarse con la bonanza china, en este grupo podemos poner a México, Perú, Chile y Colombia; y otros que meramente venden las materias primas, reciben los recursos financieros y los gastan tan rápido como ingresan, sin ni siquiera crear fondos de previsión para el futuro como es el caso de Venezuela y Argentina donde no hay una preocupación por hacer una integración mejor estructurada con China. La región no es una sola, hay diferencias y cada vez se van a distinguir más entre aquellos que buscan alianzas comerciales en el mundo con mayor apertura y que van a aprovechar mejor esta coyuntura. Por ejemplo, para mí, México está mejor posicionado que Brasil, tiene muchos acuerdos de libre comercio, tiene costos laborales muy competitivos, gradúa una gran cantidad de ingenieros, está cerca del mercado más grande, está haciendo una reforma energética muy agresiva para tener menores costos de energía y eso explica por qué México está atrayendo mucha inversión manufacturera en la industria de alta tecnología. Televisores, vehículos y electrodomésticos cada vez se ensamblan más en México, y son de alta calidad como para entrar en el mercado estadounidense. Entonces si uno ve ese modelo parecería que está mejor que lo que viene haciendo Brasil donde aún hay un mercado protegido, menos integración comercial y no se está aprovechando de la misma manera la relación con China.

CH: En cuanto al tema de divisas, usted subrayó que China y Latinoamérica no han desarrollado mecanismos monetarios para no estar sujetos a las fluctuaciones del dólar. ¿Cuáles podrían ser esos mecanismos?

JQ: Es imposible avizorar que China asuma su lugar como gran potencia económica mundial si es que su moneda no es convertible. Nunca ha habido un país dominante económicamente cuya moneda no hubiera sido una moneda de reserva intercambiable, siendo esta la libra esterlina en los tiempos de la revolución industrial británica, o el dólar actualmente. Entonces, las limitaciones de la cuenta de capital que tiene China hacen que tengamos que usar monedas de otros y estar sujetos a las vicisitudes que experimentan esas terceras monedas que no son parte de la transacción. Ilustro con un ejemplo: Argentina debería poder venderle soya a China en yuanes, acumular reservas en yuanes y liquidar todo en yuanes si este fuera plenamente convertible. Brasil debería poder venderle hierro, café y carne en yuanes; y Chile, cobre. Lo que sucede es que como todo se cotiza en dólares y EEUU imprime dólares, entonces las transacciones que no tienen nada que ver con ellos igual se ven afectadas. El único país que puede imprimir impunemente divisas es EEUU. Ellos nos inundan de dólares causando que, cuando hay muchos dólares, nuestras monedas se reevalúan y nuestras exportaciones a China valen menos. Como el dólar es la moneda de reserva, ellos lo pueden hacer impunemente y afectan la transacción comercial. Entonces tenemos que buscar alternativas para coordinación monetaria o el uso de divisas que no contaminen la relación económica China-América Latina a través de estas distorsiones de divisas. 

*Entrevista publicada por la revista China Hoy.