domingo, 31 de enero de 2016

Los tres abortos de la emperatriz

Heidy nació en el país de los hijos únicos. Pertenece a la generación de los “pequeños emperadores” o “xiao Huángdì” (小皇帝), término que se refiere a los niños mimados que se creen el centro del universo, emperadores de un reino donde los súbditos son sus padres y abuelos. 




Cuando Heidy cumplió los 20 años tomó la valiente decisión de rasurarse los vellos de las axilas.  El día que se llenó de valor para contárselo a su madre, esta la abofeteó, le dijo que era una estúpida, que tener vellos era normal, que cada parte del cuerpo tenía una razón de ser y que ir contra eso era una insensatez. Durante semanas no le dirigió la palabra hasta que el paso de los días hizo que la tensión se apaciguara. Distinta fue la reacción cuando Heidy, a los 17 años, le confesó que estaba embarazada. Cuando por fin le dijo, su madre la miró fijamente, le preguntó por qué no se había protegido y de quién era el bebé. Después guardó silencio mientras buscaba un número en su agenda telefónica. “Querido, necesito pedirte un favor, dame el número de un doctor discreto que pueda ayudar a mi hija”, le dijo a un amigo de años. “Listo, tenemos cita para mañana con el Dr. Hong a las 8am”, le dijo a Heidy después de colgar el teléfono. “Cita para qué”, preguntó la adolescente. “Para que te saquen ese problema”, contestó su madre.
Así se resolvió el primer gran problema de la vida de Heidy. Antes no había tenido una razón para realmente preocuparse. Su vida estaba marcada por una constante: solo tenía que abrir la boca y pedir para que sus padres o abuelos le cumplieran hasta el mínimo capricho. Era la hija única de un matrimonio de dos pekineses, cada uno con un departamento en la capital china. 

Ellos no crecieron en la misma ciudad cosmopolita que su hija. Beijing, treinta y cinco años atrás, era otra. Casi no había carros, sino bicicletas. Tampoco edificios altos ni tantos extranjeros. Era una China donde recién se había instaurado la política de reforma y apertura que permitió el ingreso de la inversión extranjera al país y lo transformó. A fines de los 70 también se instauró la política del hijo único, misma que hace poco se derogó, pero cuyas huellas se evidencian en la generación actual. Se estima que durante los 30 años que estuvo vigente, 400 millones de chinos dejaron de nacer. El objetivo era controlar la explosión demográfica en un país que había dejado de pensar que “era bueno tener muchos hijos para que vayan a la guerra” como en la época de Mao Zedong. Si las parejas seguían teniendo 5 ó 7 hijos, no se habría alcanzado los programas de desarrollo. Pero más allá de la economía, la política del hijo único inevitablemente influyó en la psiquis de toda una generación. A menudo calificados como “engreídos”, los jóvenes de esa nueva generación de chinos ya llegaron a la mayoría de edad y hoy configuran un nuevo rostro para la China que, por la apertura comercial, es cada vez más occidental. 

El segundo
Los expertos en comportamiento del consumidor aseguran que el paladar de los chinos se está occidentalizando. El café, el vino y los extranjeros forman ahora parte de los menús de los chinos. Tres cosas que Heidy adora. A su primer novio extranjero lo conoció en el gimnasio. La clase de spinning le apasionaba mucho más que las tres carreras universitarias que intentó seguir en la Universidad. Heidy no tuvo que competir con los demás adolescentes de su edad por un cupo para estudiar en una prestigiosa universidad de Beijing. El gaokao “高考” (examen de ingreso a la universidad en China) nunca fue su dolor de cabeza. Comenzó a estudiar Arquitectura, luego Diseño de Interiores y después Diseño Gráfico, pero en ninguna persistió. Prefería pasarse las tardes andando en bicicleta estática al ritmo de las canciones de Katy Perry o Taylor Swift. Podía pasar hasta tres horas haciendo spinning sin aburrirse. La dedicación de Heidy, que ya tenía 21 años, la llevó a destacarse entre sus compañeras y pronto se convirtió en instructora de spinning. Allí conoció a Matt, un californiano de su edad que –como ella- dedicaba tres horas diarias al gimnasio. Su altura, color de piel y su pasaporte americano le llamaron la atención. La primera vez que lo vio levantando mancuernas de 35 kg con cada brazo, Heidy no pudo evitar imaginárselos viviendo juntos en California, caminando de la mano por la playa. Pronto se hicieron amigos. Después comenzaron a salir a bares y una de esas noches, con ayuda del alcohol, pasó lo que Heidy estaba buscando. Era la primera vez que estaba con un extranjero y quedó fascinada. El cuerpo de Matt y su desempeño sexual hicieron que ella se cuestionara por qué antes solo había estado con chinos. Matt era perfecto ante los ojos de Heidy, excepto por un detalle. No le gustaba usar preservativo y le había advertido que él no podía estar con una mujer que lo presionara a usarlo. Ella no quería separarse de él, así que aceptó. El resultado: a las pocas semanas comenzó a sentir una insoportable picazón en el área vaginal y se le había interrumpido la menstruación. Matt le había contagiado de una enfermedad venérea y además estaba embarazada. Heidy estaba aterrada por la enfermedad, pero no por el embarazo. Esa misma noche sacó cita con el Dr. Hong. A Matt le reclamó por haberla contagiado y lo dejó, pero no le mencionó sobre el bebé. 

El tercero
El trabajo en el gimnasio pronto le valió las críticas de su madre que la presionaba para que consiguiera un trabajo “normal”, algo serio “como todo el mundo”. Los cuestionamientos se hicieron cotidianos y la paciencia de Heidy se fue agotando, así que se le ocurrió una idea para irse a vivir sola. Le dijo a sus abuelos que quería mejorar su nivel de inglés y enfocarse en el idioma durante las mañanas. Como el trabajo en el gimnasio era solo en las tardes, tenía tiempo suficiente para estudiar y hacer tareas de inglés en la mañana. Los abuelos estuvieron de acuerdo en pagarle una costosa academia de inglés donde todos los profesores eran extranjeros. Al poco tiempo de haber comenzado a estudiar inglés, Heidy le planteó otra idea a sus abuelos: la mejor manera para practicar inglés era vivir con un extranjero. “Será como tener un profesor en casa y gratis”, les dijo. Al inicio, ellos pusieron resistencia. Era impensable imaginar al tesoro de la familia durmiendo a solo una pared de distancia de un completo desconocido. Pero Heidy era persuasiva y llevaba una vida de experiencia manipulando a sus padres y abuelos. Así que al poco tiempo, alquiló un departamento en la zona de Caofang, al este de Beijing, en un área alejada donde se están construyendo muchos edificios. Puso un aviso en TheBeijinger.com, un portal donde los extranjeros encuentran vivienda, trabajo, mascota, sexo y hasta utensilios de cocina.
Dustin, estadounidense de 23 años, vio el aviso y llamó a Heidy. Quedaron en verse al día siguiente. La química fue inmediata. Él le contó que recién había llegado a China para estudiar el idioma durante un año y que mientras tanto pensaba enseñar inglés para ganar algo de dinero. A los pocos días, Dustin se mudó al departamento con Heidy. Ella estaba encantada de vivir con un musculoso chico rubio de ojos verdes y con pasaporte americano, por eso decidió conquistarlo. Le cocinaba a diario, lo ayudaba en sus tareas de la universidad y hasta ponía su ropa en la lavadora. Una noche, Dustin llegó borracho a casa. Estaba tan mal que se sostenía de las paredes para no caerse. Heidy escuchó desde su cuarto cómo Dustin iba tropezando con los muebles. Inmediatamente salió para ayudarlo. Lo acompañó hasta su cuarto. “Necesitas cambiarte de ropa, tu pantalón está muy sucio, parece que te has caído en la calle”, le dijo. Él solo asintió con la cabeza. Heidy sabía que era su oportunidad y lo besó. Esa noche fue la primera de tantas en las que Dustin y Heidy durmieron juntos. A los pocos meses, ella quedó embarazada. Aunque pensó en abortar de inmediato, se le ocurrió una mejor idea. Le contó a Dustin que iban a tener un bebé. Él, que se había enamorado y quería ser padre, le dijo que tendrían el bebé en EE. UU. y que allá harían su vida. Hicieron todos los trámites y cuando Heidy tuvo listo su visado y los pasajes, fue a la clínica de abortos. “Yo no quiero ser mamá, solo quiero irme de China”. Al llegar a California, Heidy fingió un aborto espontáneo. Dustin le creyó y hasta hoy viven felices cerca de la playa. 


viernes, 22 de enero de 2016

Xu Shicheng, el latinoamericanista

CONOCIÓ al Che Guevara y a Hugo Chávez. Cortó caña en Cuba durante los primeros años de la revolución de Fidel y sembró arroz en unas granjas de Guangdong durante la Revolución Cultural. El profesor Xu es uno de los pioneros de los estudios latinoamericanos en China.



Acaba de ser invitado como observador en las elecciones legislativas de Venezuela. En 2011 publicó la biografía de Hugo Chávez en chino. Recita de memoria los nombres de los últimos presidentes mexicanos. Reflexiona sobre lo que significa la victoria de Macri en Argentina. Sabe quiénes son los principales opositores del presidente Rafael Correa en Ecuador. Y cuando habla de Fidel, el Che y Cuba, su mirada se ilumina. Se trata de Xu Shicheng, de 73 años, profesor-investigador del Instituto de América Latina (ILAS), adscrito a la Academia China de Ciencias Sociales.
“Es uno de los académicos chinos que más conoce América Latina”, afirma el embajador de Venezuela en China, Iván Zerpa. Mientras que para los jóvenes chinos que se han especializado en el idioma de Cervantes, como Wang Luo, periodista de la Radio Internacional de China, “¿quién mejor que el profesor Xu para hablar sobre Latinoamérica?”.
Lo que tal vez pocos saben es que el profesor Xu, antes de aprender español, estudió ruso en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Beijing en 1959. Un año después entró a la Facultad de Español de la Universidad de Beijing.
Su pasión por América Latina comenzó hace medio siglo durante unos años convulsionados en Cuba. “A mí me gustaba mucho la literatura latinoamericana, pero me atrajo más la Revolución Cubana y, después, el Che Guevara. Yo tuve conversaciones personales con el Che Guevara porque llegué a Cuba en enero de 1964 y el Che Guevara salió de Cuba en 1965. Cuando estaba en Cuba, yo asistía con frecuencia a los actos de masas y escuchaba los discursos de Fidel y del Che. Me gustaba ir, sobre todo, a la Casa de las Américas. En este lugar, a menudo había conversaciones y venían los escritores latinoamericanos y dirigentes de las insurrecciones de Guatemala, Venezuela, Colombia… la entrada era libre. La Casa de las Américas está muy cerca del Edificio 12 del Malecón, donde nos hospedábamos los becarios. Yo cada día compraba los periódicos, primero Hoy y Revolución, y después Granma”.
Si bien Cuba marcaría su vida para siempre, él no fue quien escogió ir a la mayor de las Antillas. “No fue una decisión mía, fui enviado por el Ministerio de Educación de China. Además no había intercambio con España, porque China no había establecido relaciones ni con España, ni con Chile ni con México. Cuba era la única alternativa. Mi propósito estaba ya definido: tenía que perfeccionar el español y adquirir los conocimientos sobre América Latina porque yo iba a trabajar en el ILAS”.
Durante su estancia en Cuba, el entonces joven Xu solía ir a las zafras a cortar caña. “Para mí fue una buena oportunidad para conocer el campo de Cuba. Entonces, además de trabajar, yo hacía investigaciones porque me interesaba conocer cómo era el campesino cubano”.
En esa época, el Gobierno cubano les daba mensualmente 30 pesos, equivalentes a 2 o 3 dólares; lo que era suficiente para estudiar y las necesidades básicas. La comida era gratuita. En enero de 1967, después de tres años de estudio, regresó a Beijing a trabajar en el ILAS. Pero entonces, China había cambiado mucho. Un año antes había comenzado la Revolución Cultural. “En el Instituto ya había cesado la investigación, todo el mundo estaba en plena campaña de la Revolución Cultural. Poco después, en diciembre de 1967, tuve que ir a una granja del ejército a trabajar en Shantuo, provincia de Guangdong, porque había una orden de que los estudiantes posgraduados que habían regresado del extranjero tenían que trabajar en las granjas del ejército para cambiar la mentalidad. Entonces estuve sembrando arroz aproximadamente siete meses. Después de terminar mi trabajo en la granja del ejército, tuve que ir durante medio año a una granja civil en Henan. Luego debía volver a trabajar en el ámbito académico, pero como el ILAS dejó de existir durante un período, los que, como yo, sabíamos español, trabajamos en la División de América Latina del Departamento de Enlace Internacional del Comité Central del Partido Comunista Chino”.
La Revolución Cultural terminó en 1976, el ILAS se restableció un poco antes de eso y el profesor Xu se reincorporó. En ese entonces, los temas que más se analizaban eran la revolución cubana, la revolución guatemalteca, la revolución de Nicaragua, las relaciones de América Latina con Estados Unidos. En la década de los setenta, China estableció relaciones con 10 o 15 países latinoamericanos. El profesor Xu fue jefe de la División de los Países Andinos. En 1979 visitó Colombia, Chile, Venezuela y México. Escribió sobre la historia de Ecuador, Bolivia, Colombia, Perú, Venezuela y Nicaragua.
“Después de mi jubilación en 2008, me concentré en estudios sobre la izquierda en América Latina, por ejemplo, el gobierno de Hugo Chávez, ahora de Nicolás Maduro; el de Rafael Correa y el de Evo Morales. Visité Ecuador y Bolivia para conocer cómo gobiernan las izquierdas allí. En 2011 publiqué la Biografía de Hugo Chávez en chino”.

Acortar la brecha cultural
Después de hablar con el profesor Xu, dos preguntas quedan en el aire: La primera, ¿cuántos chinos conocen tan profundamente América Latina? Y, la segunda, ¿cuántos latinoamericanos conocen de la misma manera China? El profesor Xu las responde de alguna manera.
“Creo que hace 20 años, los estudios en América Latina sobre China eran bastante pobres, había muy pocos centros de estudios sobre China. El Centro de Estudios sobre Asia y África, del Colegio de México, fue pionero en estudiar sobre China. Pero en los últimos años han aparecido diversos centros sobre China o sobre Asia Pacífico, como en Colima (México), y en otros países como Argentina. Mientras tanto, en los últimos años en China también han proliferado los centros de estudios latinoamericanos. Aún así, la verdad es que, hasta ahora, en China hay pocos conocedores de América Latina. Por ejemplo, en universidades como Beida y Beiwai (en Beijing) hay buenas facultades de español, hay profesores que hablan muy bien español, pero hay poco interés en estudios sobre América Latina. Una parte de los profesores se interesa por la literatura, el realismo mágico de García Márquez, pero no le interesa Hugo Chávez, ni Fidel Castro, ni Peña Nieto. Sin embargo, el interés está creciendo. En la década de los 70, el Ministerio de Educación de China solo permitía que 12 universidades tuvieran facultades de español, pero después la orden del Ministerio se suspendió porque aumentó la necesidad. Hay muchas corporaciones chinas en América Latina que trabajan en minería en Perú o en plantas hidroeléctricas en Ecuador”.
A pesar del camino avanzado, ¿qué hace falta para mejorar el conocimiento mutuo entre China y América Latina? “Para hacer investigaciones sobre AL es necesario saber leer y hablar español, hace falta preparar y formar a nuevos investigadores, que conozcan bien América Latina y dominen el español. Es una lástima que actualmente ninguno de los tres directores del ILAS hable español, pero afortunadamente en el Instituto ya hay 15 jóvenes investigadores bien preparados, ellos son el futuro del ILAS”.