Cuando Kevin nació,
su futuro ya estaba escrito: sería agricultor, a los 22 años conseguiría un
préstamo del banco para comprarse una casa de una planta y 70 metros cuadrados
en su pueblo de calles polvorientas por donde circulan tricimotos. Al tener una
casa y una bicicleta eléctrica, a los 23 años ya estaría listo para pedirle
matrimonio a su vecina. A los 24 años tendría su primer hijo –y el único-. Y
desde entonces, dedicaría el resto de sus próximos 30 años de trabajo a pagar
el préstamo del banco, darle a su hijo la mejor vida que pudiera dentro de sus
posibilidades, con la esperanza de que él sí lograra tener una vida mejor.
Sin embargo,
Kevin no aceptó esta sentencia. Apeló y cambió su condena.
Dice que su padre
es un campesino de bajo nivel y escasa educación. A su madre es mejor no
mencionarla. Y a su ciudad natal prefiere esconderla. Es mejor decir que nació
en la capital provincial, Chengdu, de la provincia occidental de Sichuan en
China. Provincia a donde el sorprendente desarrollo del dragón asiático ha
llegado a cuentagotas. En China, una ciudad es más próspera cuanto más al Este
se encuentre, como es el caso de las ricas Shanghai, Hangzhou o Guangzhou. En
el Oeste, en cambio, China tiene otra cara, sin tanto maquillaje ni pompa. Más
arrugada y desgarbada, menos western.
Y eso es algo que le molesta a Kevin, como prefiere que lo llamen. Sus padres,
esos a los que no quiere ver, lo llamaron Zhong Ke hace 26 años, pero cuando creció
decidió que se llamaría Kevin, un nombre más acorde a su personalidad. “Si
algún día salgo de China, diré que soy de Taiwán o Hong Kong”.
En la universidad
estudió Geología, aunque realmente no le interesaba la estructura interna de la
tierra, sino más bien todo lo que estaba en el exterior de su país. Por eso es
que estudió inglés con tanto empeño y hoy trabaja en una empresa estadounidense
que organiza conferencias y consigue expositores de alto nivel como políticos,
académicos y expertos de Estados Unidos y Australia. El trabajo de Kevin
consiste en organizar la logística de estos mega-eventos y, sobre todo, atender
a los expositores. Esos que viajan en primera clase, firman con una Montblanc y dejan sus huellas con unos Bottega Veneta. Esos que tienen todo lo
que Kevin anhela.
Si bien, su sueldo que casi llega a los 1500 dólares no
le permite tener el estilo de vida que quisiera, sus tarjetas de crédito sí
incrementan la elasticidad de su bolsillo. Kevin toma taxi, no bus ni
bicicleta. No come miantiao (面条), sino pasta.
Toma Coca Cola. Come queso. Prefiere un Vodka o vino que una Tsingtao. Jamás se pondría ropa que no
sea de marca. Y no cualquier marca. Tiene que ser Nike o Adidas si se trata de
ropa deportiva; Lacoste si es algo más casual. No practica taiji (太极拳), sino boxeo.
Es miembro del grupo Dragon Adventures
que practica escalada y esquí. Grupo en el que los miembros chinos hablan
inglés incluso entre ellos, piden vino francés a la hora de la cena y se van de
vacaciones a costosos resorts en
China, aunque estén sobregirados y, a veces, tengan que prestar dinero a sus roommates para poder llegar hasta fin de
mes.
Pero, además, hay
algo en lo que Kevin gasta bastante dinero. Es aficionado a los juguetes
sexuales. Tiene consoladores, vaginas falsas y lubricantes de varios sabores.
Lleva un buen tiempo sin novio (sí, es gay) y le resulta complicado encontrar
candidatos porque no sale con cualquiera. “Me gustan franceses, españoles,
portugueses, italianos, no muy blancos, de cabello oscuro, barba. Y si es
chino, tiene que ser ABC”. ABC es la abreviatura para referirse a los American Born Chinese, es decir una
persona nacida en Estados Unidos, pero cuyos padres o familiares son chinos.
En su tiempo
libre, Kevin ve series como Brokeback
Girls, Mad Men, Friends y todo aquello que lo
teletransporte a New York, San Francisco o cualquier ciudad estadounidense.
Dice que habla mejor inglés que chino y odia las fiestas tradicionales del país
donde lamenta haber nacido porque son ocasiones propicias para volver a su
pueblo natal. Kevin ya no sabe qué nueva mentira inventar para tranquilizar a
sus padres sobre por qué aún no le han conocido una novia. A ellos les preocupa
que su hijo único no tenga descendencia pronto. Kevin ya está pensando en cómo
resolverá ese asunto. “Lo ideal es que me vaya de China y no regrese más”. Pero
en el peor de los casos, Kevin se casará con una amiga lesbiana o straight que esté dispuesta a fingir un
matrimonio ante la tradicional familia del sichuanés. Al igual que muchos gays
en China, él da por descartado el “salir del clóset” ante su familia, “con la
lesbiana podríamos llegar a un acuerdo y tener un hijo, contentar a su familia
y a la mía, y luego separarnos”.
Kevin no es un
personaje aislado ni una excepción en un país donde no a todos les surtió
efecto el suero del nacionalismo que el Gobierno, a través de la propaganda,
les ha inyectado desde niños. Él representa a un grupo de jóvenes chinos, muy
influenciado por la cultura occidental, que rechaza a su propio país y cuyo
sueño es irse de China. En chino, hay una frase para referirse a ellos: 崇洋媚外 (Chóngyáng
mèiwài), es el tipo de personas que adora
lo extranjero en desmedro de lo nacional, o xenofilia. Cuando China
abrió sus puertas al mundo en 1979, los más conservadores se oponían
férreamente porque sabían que no solo entrarían empresas a invertir, sino que
los productos de las industrias culturales occidentales también entrarían e
influenciarían en la mente. Los resultados ya se están viendo en la nueva
generación.




