viernes, 22 de mayo de 2015

Un nuevo partido

Hoy me enteré de que has comenzado a jugar un nuevo partido. Decidiste entrar a la cancha otra vez y yo tengo una mezcla de sentimientos. No sé si sentirme espectador o suplente. De todos modos, ser suplente es una derrota. Y si no, vaya pregúntele a quien se acostumbró a ser titular. Titular de tu vida, tus sueños, tus alegrías y también de tus tristezas. Tú fuiste la mejor delantera que yo he conocido y también la mejor defensa. Yo era tu dupla de oro, eso decías, porque sacaba lo mejor de ti. Era un Dream Team, pero un día despertamos del sueño, yo en Beijing y tú en Guayaquil, a un océano de distancia. Juntos tratamos de extender este partido hasta más allá del tiempo reglamentario. Y en ese afán por hacer que continuara, cometimos –talvez yo más- un sinnúmero de faltas que hizo que lo nuestro se desgastara. Hubo tarjetas amarillas y también rojas, pero fuimos tercos y continuamos. “En la cancha hay que darlo todo con tal de ganar”, nos decíamos para darnos ánimo. Me consta que tú lo hiciste. Inventaste mil formas para hacerle gambetas a la Distancia. Tú te pusiste la camiseta, a mí la distancia me pesó más, por eso me retiré del partido antes de escuchar el pitazo final.
A pesar de eso seguiste jugando los minutos restantes. Yo me fui al camerino a pensar en otra cosa. “Otra cosa” es como llamo a mis prioridades. Esas que apoyaste y compartiste, a pesar de que no te incluían. Después de tanto correr de un lado a otro para tratar de atajar los tiros de la Distancia, de repente llegó un cañonazo y la pelota entró en el arco. Al final, nuestro partido terminó. Tú y yo perdimos y nos perdimos. Porque no respetamos el laissez faire, porque olvidamos el juego en equipo, porque la confianza se lesionó.
Ahora vuelves a la cancha y estoy sorprendido. Pensé que después del agotador partido que jugamos juntos, necesitarías más tiempo para volver a ponerte los pupos. En el fondo, confiaba que algún día podría jugar el mismo partido (así de ingenuo –o egoísta- soy).
No voy a decir que me alegra y que te deseo suerte porque no es lo que siento. Tampoco puedo competir porque no estoy cerca – y probablemente nunca lo estaré-.
Lo que está claro es que ya hay un campeón. Y es él. Porque está contigo y porque tú eres un trofeo para cualquiera a quien hayas decidido darle tu cariño.
Hoy, y a pesar de todo, sigo pensando que habríamos sido una dupla de oro porque sé que eres capaz de dar hasta el corazón en la cancha y porque solo tú has sido capaz de inspirarme a escribir estas líneas. 

martes, 19 de mayo de 2015

Una cucharada de curiosidad, dos de tolerancia


Nada de lo que en Ecuador se conoce como comida china realmente lo es. Salir de tremendo error me costó varios momentos de confusión y enojo cuando recién llegué a Beijing. Primero, porque no entendía nada en aquellos menús de restaurantes chinos que no tenían fotos de los platos. Y segundo, porque en la capital china no encontré ninguno de los platos más famosos de los “chifas”. Ese es el término que usamos en Perú y Ecuador para denominar a los restaurantes de comida china.

Cuando decidí venir al país de los osos panda, lo que más me preocupaba era el idioma, pero no la comida porque era fanático de los chifas en mi país.
A pesar de que en Ecuador, y en Latinoamérica diría yo, todavía se piensa que en China se come todo ser viviente que camine, nade o repte; siempre pensé que eso era más mito que realidad. En mi país, incluso se hacen muchas bromas acusando a los cocineros de los chifas de usar gatos e iguanas en lugar de pollo para preparar sus deliciosos platos. Aún así, la comida no era algo que me quitaba el sueño. Estaba convencido de que podía sobrevivir comiendo “chaulafán” y “wantán” frito por buen tiempo. “Chaulafán” es un plato de arroz frito (parecido al “chaufán” que sí es chino), pero con pedazos de pollo sin hueso y camarón, que comúnmente se combina con salsa de tomate. “Wantán”, en cambio, es un bocadillo hecho con una masa parecida a la de la empanada, relleno de camarón, frito de tal modo que el resultado final es algo muy crocante que se sirve con una salsa roja dulce. Sabroso, muy sabroso.

Una de las primeras y mayores decepciones fue no encontrar un plato de “chaulafán” ni una porción “wantán” frito en ningún lado. No podía creer que los chinos que están en Ecuador nos hubieran engañado a todos haciéndonos creer que lo que vendían era comida china. Contacté a una amiga china que vive en Perú y le pregunté al respecto. “Los chinos adaptaron su comida al paladar latinoamericano y crearon platos que se basan en la gastronomía china, pero que no son exactamente iguales porque añaden otros ingredientes y otras formas de cocción. La estrategia consiste en adaptar tu producto a las exigencias del mercado donde quieres tener éxito”, explicó.

Sus palabras tenían sentido y me ayudaron a aceptar, de una vez, que buscar los platos del “chifa” en Beijing era una tarea inútil, así que comencé a probar los auténticos platos chinos. El primero que me recomendaron “porque a todos los extranjeros les gusta”, decían mis amigos chinos, fue el宫保鸡丁 (Gōng bǎo jī dīng). Este plato, que lleva pollo, maní, pimiento rojo seco, azúcar y pimienta, combina lo dulce con lo picante, lo que lo hace tan peculiar y exquisito a la vez.

Después probé los jiǎozi (饺子) o raviolis chinos rellenos de cebolla, ajo y camarón; los fideos con carne 牛肉面 y la leche de soya (Dòujiāng豆浆). Todo muy rico.



Justo cuando había tomado impulso y estaba dispuesto a arrasar con todos los restaurantes chinos que estaban alrededor de mi casa, llegó un consejo que me hizo frenar a raya. Recuerdo que no había cumplido ni una semana en la oficina y mi jefa, en tono formal, me dijo: “Es mejor que no comas en esos pequeños puestos que venden comida en la calle ni en los pequeños restaurantes porque no son limpios”. Desde ese instante seguí su consejo a rajatabla y hoy, tres años después, puedo dar fe de que no he tenido ningún problema estomacal desde que estoy en China.
Pronto me di cuenta de que mi jefa no exageraba. La cuestión de la seguridad alimentaria es algo que preocupa a muchos chinos, tanto como la contaminación. Tan serio es el  asunto que el primer ministro Li Keqiang ha dicho en varias ocasiones: "Mejoraremos el modelo de desarrollo económico de China, lo que supondrá que el pueblo goce de aire limpio, agua potable y alimentos seguros". Y ha prometido resolver esos problemas "sin clemencia y con puño de hierro".


Para todos los gustos
China tiene 23 provincias y allí viven 56 etnias. Si cada una de ellas añade sus propios ingredientes a la comida, podemos tener una idea de lo diversa que es la comida china. En Latinoamérica, lo que se conoce como comida china es más parecido a la que proviene de la provincia de Guangdong porque de allí son oriundos muchos de los primeros emigrantes chinos que llegaron a tierra sudamericana.
Sin embargo, la gastronomía china va mucho más allá de la comida cantonesa. Comencé a recorrer las distintas ciudades chinas y así fui dándome cuenta de que la comida china es como un arco iris, pero de un número infinito de colores. Los raviolis típicos de Shanghai (生煎包, Shēng jiān bāo), el sánduche de carne de la ciudad de Xi’an que se llama ròu jiā mó (肉夹馍); y, por supuesto, la olla mongola (huǒguō, 火锅) de la provincia de Sichuan son algunos de los platos que más recuerdo.
Precisamente la olla mongola merece una mención aparte. Para comerla es necesario que los comensales se sienten alrededor de una olla con una sopa muy caliente que puede ser picante. Conforme la sopa se va calentando, se sirven platos con vegetales, así como carne de res, pollo, pescado y cordero. La olla mongola consiste en hervir la carne, haciéndole adquirir el sabor de la sopa. Los ingredientes son generalmente productos semielaborados, verduras y setas, los cuales serán más sabrosos si son hervidos por largo tiempo. Por el contrario, la carne debe cocinarse el tiempo preciso para disfrutar de su sabor.
La sopa clara, la salsa y las tajadas de cordero son los tres elementos indispensables. Una vez que la carne está cocinada, se la moja con distintos tipos de salsa. La de sésamo y ajo es una de las más comunes.

Este plato es típico de la provincia de Sichuan. Viajar a esta tierra y probar sus platos puede ser una experiencia que, literalmente, haga que sus ojos se llenen de lágrimas. Y no precisamente porque sea una experiencia emotiva, sino porque allí, la palabra ‘picante’ cobra otro sentido. No sé qué mecanismo de defensa hayan desarrollado los sichuaneses para tolerar –y disfrutar- comida tan picante, pero lo logran. Y es que si usted cree que por estar acostumbrado al picante de la comida mexicana ya está listo para la comida de Sichuan, ¡se equivoca!
Cuando yo vivía en Ecuador, era un ferviente creyente de aquella frase popular que dice: “comida mala con ají resbala”. Tal es así que para mí toda comida podía convertirse en un manjar con solo añadir un poco de salsa de ají (chile) licuado con tomate, cebolla y otros vegetales. Pero es distinto cuando a la comida no hay que añadirle una salsa picante, sino que ya viene servida con ese sabor que quema el paladar y adormece la lengua.
La última vez que comí una olla mongola con tres amigos extranjeros, recuerdo que a ellos tres les hizo daño y al día siguiente tuvieron mucho malestar en el estómago. Entonces eso me dejó la lección de que a la comida sichuanesa debe respetársela y no hacerse el valiente frente a ella.

Pero no se asuste, si usted viene a China nadie lo va a obligar a comer algo que no le guste. Por supuesto que los chinos son muy entusiastas al momento de organizar cenas y les gusta que los extranjeros prueben sus platos, pero también entienden que los extranjeros no están acostumbrados a la misma comida. Por eso, solo me queda recomendar que para disfrutar verdaderamente la comida china hay que ponerle a nuestra actitud una cucharada de curiosidad y dos de tolerancia.