Vivir con chinos: sorpresas
te da la vida
Por RAFAEL VALDEZ
Para lograr una
mayor inmersión en la cultura china decidí compartir departamento con amigos
chinos. Gracias a esto he conocido a personas amables y solidarias, pero muy reservadas
y controladoras. De todos modos, siento que es otra manera de conocer China.
En Beijing, hay extranjeros que viven en burbujas, están
en China pero no lo están. Sus amigos son extranjeros, compran en supermercados
extranjeros y frecuentan lugares extranjeros. En esos casos, la inmersión con
la cultura china es imposible y yo no quería eso. Trabajo en una empresa china
y eso me ha ayudado mucho a conocer la forma de pensar de mis compañeros, pero
vivir con alguien es distinto. Así es que decidí buscar un chino con quien
compartir una casa. En el portal The
Beijinger, encontré a Hu Na, o
Heidy. Alta, delgada, 24 años, capitalina, con un cuerpo que evidenciaba las
largas horas de trabajo que pasaba en el gimnasio. Había estudiado Diseño
Gráfico, pero prefería dar clases de spinning.
Era hija única, sus padres ya habían comprado dos departamentos que ella
heredaría y, en busca de independencia y para mejorar su nivel de inglés, Heidy
había decidido mudarse a vivir con extranjeros. Alquiló uno grande con tres
cuartos en la zona de Caofang, al final de la línea 6 del metro. Luego publicó
un aviso en The Beijinger para
arrendar los cuartos y así conoció a Abdul, un jordano de 40 años, soltero y, a
primera vista, encantador. Abdul se mostró educado, hablaba bien chino y tenía
un buen trabajo. Razones suficientes para que Heidy confiara. La semana
siguiente llegué yo y la casa estaba llena. Pero bastaron unos días para que
Abdul sacara las garras.
El violento
rompeplatos
El primer domingo de mi nueva vida compartiendo casa comenzó
con gritos. Me desperté asustado. Abrí lentamente la puerta y vi a Abdul
enfurecido. Le reclamaba a Heidy por qué había cambiado de lugar sus cosas en
la cocina. Él estaba buscando el té y no lo encontró, entonces estalló. Heidy
le repetía que solo quería ordenar un poco las cosas, que la disculpara. Él
lanzaba al piso todo lo que encontraba. Rompió varios platos y vasos. Heidy
lloraba mientras esquivaba lo que Abdul le lanzaba. Esta escena duró unos
minutos, aunque pareció una eternidad. Yo estaba tan sorprendido que no alcancé
a reaccionar. Apenas Abdul se cansó de romper cosas, entró a su cuarto, Heidy
al suyo, y yo cerré el mío con llave.
Pasaron dos días de aparente calma hasta que llegó el Día
de la Madre. Como
es mi costumbre, conversó con mi mamá por skype. Ese día, en especial,
conversamos durante más de una hora. A la mañana siguiente, Heidy me envió un
mensaje pidiéndome que, por favor, no volviera a “meter” una mujer en mi cuarto
porque eso estaba prohibido. No sabía de qué hablaba, así que la llamé para
aclarar las cosas. Me dijo que Abdul se había quejado de que yo había “metido”
una prostituta en mi cuarto y que él había escuchado todo. Le expliqué a Heidy
que yo no había llevado a nadie a la casa y que la voz que él había escuchado
era la de mi mamá. Esa noche esperé que él llegara a casa y le reclamé. Él se
enfureció. Me dijo que quién creía que era para atreverme a reclamarle. Comenzó
a gritarme y como “el que discute con un necio es dos veces necio”, me di la
vuelta y lo dejé hablando solo. Al día siguiente me mudé.
Las reglas absurdas
Como prácticamente salí corriendo de esa casa, no tuve
mucho tiempo para buscar un nuevo cuarto. Así que volví a The Beijinger y encontré uno que estaba solo a una estación de
metro de distancia. Ese sector realmente me gustaba porque los edificios son
nuevos, bien decorados y el arriendo es relativamente barato. En mi apuro por
mudarme no medité con calma las condiciones del nuevo departamento. Li Na,
china de 26 años, era la arrendataria principal. Tenía un cuarto disponible y
también una sola condición: no se podía recibir ningún tipo de visitas nunca. En
ese momento no me pareció importante. Estaba asustado y solo quería salir
corriendo del otro lugar, así que acepté.
Li Na era todo lo opuesto a lo que había leído en
internet sobre el comportamiento de los chinos en casa. Era extremadamente
limpia, ordenada, usaba productos de marcas extranjeras que compraba en Hong
Kong, practicaba yoga en la sala y en el baño tenía una máquina para hacer
masajes a los pies. Además, siempre me regalaba un dulce de distintas partes de
China para que probara la diversidad de su país. Li Na vivía en Beijing hace
cinco años, pero era de la provincia de Hebei. Trabajaba como vendedora en una
inmobiliaria y sus comisiones le permitían llevar una vida llena de viajes,
ropa y diversión. Le encantaba cocinar.
Preparaba unas deliciosas sopas picantes y un “Gong bao ji ping” para chuparse
los dedos. Este plato hecho con pollo y maní, de sabor dulce y picante es uno
de mis favoritos actualmente y creo que es gracias a ella.
Aunque nuestra relación era cordial, nunca llegamos a ser
amigos porque después de dos meses, me harté de su regla de “no a las visitas”
y decidí mudarme.
Un amigo chino de 29 años al que conocía desde hace un año
atrás estaba buscando compañero de apartamento y no dudé ni un minuto en
mudarme para vivir con él.
Ceder para convivir
Aiguo Wang también era oriundo de Hebei. Tiene 29 años y
trabaja en China Unicom. Con él pude
atestiguar el gran estrés que viven los chinos provenientes de pequeñas
ciudades al tratar de conseguir el hukou (sistema
de registro de residencia).
Aiguo también era lo opuesto al estereotipo de los chinos
desordenados y poco adeptos a la limpieza. Todo lo contrario. Era muy ordenado.
Cada espacio en la cocina estaba asignado para un objeto específico y a mí no
me quedó otra opción que memorizarlo para que él no se enojara. Los condimentos
debían ir en la alacena izquierda, las ollas a la derecha, el agua debía estar
junto a la tetera y en el piso de la cocina no podía haber ni una gota de agua,
todo debía estar reluciente. Confieso que me costó acostumbrarme al extremo
cuidado que Aiguo tenía en cada detalle de la cocina, pero luego me resultó
natural.
Es un hombre muy disciplinado. Hace deportes, trabaja y
estudia francés por internet. Estableció horarios para el uso del baño, lavar
la ropa, limpiar la casa, cocinar, en fin… todo estaba fríamente calculado.
Lo que me sorprendió es su manera de controlar incluso
sus emociones. Recuerdo un día en que lo encontré hablando por teléfono, mejor
dicho gritando. Parece que del coraje se le salieron las lágrimas y, cuando
cerró la llamada, traté de consolarlo, lo abracé, pero me dijo que él “no está
acostumbrado a recibir abrazos y que eso en China no se hace”. Se encerró en su
cuarto y me dejó con los brazos estirados. Lo hizo varias veces, así que, poco
a poco, fue logrando que yo no me inmutara viera lo que viera. No puedo negar
que pasamos muchos momentos de alegría como cuando me enseñó a preparar fideos
con carne al estilo de su ciudad o camarones fritos. Tampoco puedo dejar de
reconocer lo mucho que él me ayudó haciendo trámites o yendo al médico,
cuestiones en las que el idioma es un gran obstáculo para un extranjero.
Pasaron los meses y yo comencé a recibir cada vez más
visitas de amigos extranjeros que venían a ver películas o a cocinar conmigo.
Parece que a Aiguo le incomodó esta situación, así que estableció una nueva
regla: solo podía recibir dos visitas semanales. Para mí, fue un deja vu. Y esta vez no estaba dispuesto
a soportarlo.
Me cansé de que me dijeran cuántas veces me pueden
visitar, de que me pongan horarios para todo, me cansé de sentir que mi casa es
un colegio y que mi compañero de apartamento es un inspector y no un amigo. Por
eso decidí mudarme otra vez y lo seguiré haciendo cuantas veces sea necesario.
