jueves, 18 de diciembre de 2014

Texto original sobre cómo es la convivencia con chinos

Vivir con chinos: sorpresas te da la vida
Por RAFAEL VALDEZ

Para lograr una mayor inmersión en la cultura china decidí compartir departamento con amigos chinos. Gracias a esto he conocido a personas amables y solidarias, pero muy reservadas y controladoras. De todos modos, siento que es otra manera de conocer China.



En Beijing, hay extranjeros que viven en burbujas, están en China pero no lo están. Sus amigos son extranjeros, compran en supermercados extranjeros y frecuentan lugares extranjeros. En esos casos, la inmersión con la cultura china es imposible y yo no quería eso. Trabajo en una empresa china y eso me ha ayudado mucho a conocer la forma de pensar de mis compañeros, pero vivir con alguien es distinto. Así es que decidí buscar un chino con quien compartir una casa. En el portal The Beijinger, encontré a Hu Na, o Heidy. Alta, delgada, 24 años, capitalina, con un cuerpo que evidenciaba las largas horas de trabajo que pasaba en el gimnasio. Había estudiado Diseño Gráfico, pero prefería dar clases de spinning. Era hija única, sus padres ya habían comprado dos departamentos que ella heredaría y, en busca de independencia y para mejorar su nivel de inglés, Heidy había decidido mudarse a vivir con extranjeros. Alquiló uno grande con tres cuartos en la zona de Caofang, al final de la línea 6 del metro. Luego publicó un aviso en The Beijinger para arrendar los cuartos y así conoció a Abdul, un jordano de 40 años, soltero y, a primera vista, encantador. Abdul se mostró educado, hablaba bien chino y tenía un buen trabajo. Razones suficientes para que Heidy confiara. La semana siguiente llegué yo y la casa estaba llena. Pero bastaron unos días para que Abdul sacara las garras.

El violento rompeplatos  
El primer domingo de mi nueva vida compartiendo casa comenzó con gritos. Me desperté asustado. Abrí lentamente la puerta y vi a Abdul enfurecido. Le reclamaba a Heidy por qué había cambiado de lugar sus cosas en la cocina. Él estaba buscando el té y no lo encontró, entonces estalló. Heidy le repetía que solo quería ordenar un poco las cosas, que la disculpara. Él lanzaba al piso todo lo que encontraba. Rompió varios platos y vasos. Heidy lloraba mientras esquivaba lo que Abdul le lanzaba. Esta escena duró unos minutos, aunque pareció una eternidad. Yo estaba tan sorprendido que no alcancé a reaccionar. Apenas Abdul se cansó de romper cosas, entró a su cuarto, Heidy al suyo, y yo cerré el mío con llave.
Pasaron dos días de aparente calma hasta que llegó el Día de la Madre. Como es mi costumbre, conversó con mi mamá por skype. Ese día, en especial, conversamos durante más de una hora. A la mañana siguiente, Heidy me envió un mensaje pidiéndome que, por favor, no volviera a “meter” una mujer en mi cuarto porque eso estaba prohibido. No sabía de qué hablaba, así que la llamé para aclarar las cosas. Me dijo que Abdul se había quejado de que yo había “metido” una prostituta en mi cuarto y que él había escuchado todo. Le expliqué a Heidy que yo no había llevado a nadie a la casa y que la voz que él había escuchado era la de mi mamá. Esa noche esperé que él llegara a casa y le reclamé. Él se enfureció. Me dijo que quién creía que era para atreverme a reclamarle. Comenzó a gritarme y como “el que discute con un necio es dos veces necio”, me di la vuelta y lo dejé hablando solo. Al día siguiente me mudé.

Las reglas absurdas
Como prácticamente salí corriendo de esa casa, no tuve mucho tiempo para buscar un nuevo cuarto. Así que volví a The Beijinger y encontré uno que estaba solo a una estación de metro de distancia. Ese sector realmente me gustaba porque los edificios son nuevos, bien decorados y el arriendo es relativamente barato. En mi apuro por mudarme no medité con calma las condiciones del nuevo departamento. Li Na, china de 26 años, era la arrendataria principal. Tenía un cuarto disponible y también una sola condición: no se podía recibir ningún tipo de visitas nunca. En ese momento no me pareció importante. Estaba asustado y solo quería salir corriendo del otro lugar, así que acepté.
Li Na era todo lo opuesto a lo que había leído en internet sobre el comportamiento de los chinos en casa. Era extremadamente limpia, ordenada, usaba productos de marcas extranjeras que compraba en Hong Kong, practicaba yoga en la sala y en el baño tenía una máquina para hacer masajes a los pies. Además, siempre me regalaba un dulce de distintas partes de China para que probara la diversidad de su país. Li Na vivía en Beijing hace cinco años, pero era de la provincia de Hebei. Trabajaba como vendedora en una inmobiliaria y sus comisiones le permitían llevar una vida llena de viajes, ropa y diversión. Le encantaba cocinar. Preparaba unas deliciosas sopas picantes y un “Gong bao ji ping” para chuparse los dedos. Este plato hecho con pollo y maní, de sabor dulce y picante es uno de mis favoritos actualmente y creo que es gracias a ella.
Aunque nuestra relación era cordial, nunca llegamos a ser amigos porque después de dos meses, me harté de su regla de “no a las visitas” y decidí mudarme.
Un amigo chino de 29 años al que conocía desde hace un año atrás estaba buscando compañero de apartamento y no dudé ni un minuto en mudarme para vivir con él.

Ceder para convivir
Aiguo Wang también era oriundo de Hebei. Tiene 29 años y trabaja en China Unicom. Con él pude atestiguar el gran estrés que viven los chinos provenientes de pequeñas ciudades al tratar de conseguir el hukou (sistema de registro de residencia).
Aiguo también era lo opuesto al estereotipo de los chinos desordenados y poco adeptos a la limpieza. Todo lo contrario. Era muy ordenado. Cada espacio en la cocina estaba asignado para un objeto específico y a mí no me quedó otra opción que memorizarlo para que él no se enojara. Los condimentos debían ir en la alacena izquierda, las ollas a la derecha, el agua debía estar junto a la tetera y en el piso de la cocina no podía haber ni una gota de agua, todo debía estar reluciente. Confieso que me costó acostumbrarme al extremo cuidado que Aiguo tenía en cada detalle de la cocina, pero luego me resultó natural.
Es un hombre muy disciplinado. Hace deportes, trabaja y estudia francés por internet. Estableció horarios para el uso del baño, lavar la ropa, limpiar la casa, cocinar, en fin… todo estaba fríamente calculado.
Lo que me sorprendió es su manera de controlar incluso sus emociones. Recuerdo un día en que lo encontré hablando por teléfono, mejor dicho gritando. Parece que del coraje se le salieron las lágrimas y, cuando cerró la llamada, traté de consolarlo, lo abracé, pero me dijo que él “no está acostumbrado a recibir abrazos y que eso en China no se hace”. Se encerró en su cuarto y me dejó con los brazos estirados. Lo hizo varias veces, así que, poco a poco, fue logrando que yo no me inmutara viera lo que viera. No puedo negar que pasamos muchos momentos de alegría como cuando me enseñó a preparar fideos con carne al estilo de su ciudad o camarones fritos. Tampoco puedo dejar de reconocer lo mucho que él me ayudó haciendo trámites o yendo al médico, cuestiones en las que el idioma es un gran obstáculo para un extranjero.
Pasaron los meses y yo comencé a recibir cada vez más visitas de amigos extranjeros que venían a ver películas o a cocinar conmigo. Parece que a Aiguo le incomodó esta situación, así que estableció una nueva regla: solo podía recibir dos visitas semanales. Para mí, fue un deja vu. Y esta vez no estaba dispuesto a soportarlo.

Me cansé de que me dijeran cuántas veces me pueden visitar, de que me pongan horarios para todo, me cansé de sentir que mi casa es un colegio y que mi compañero de apartamento es un inspector y no un amigo. Por eso decidí mudarme otra vez y lo seguiré haciendo cuantas veces sea necesario.  

Texto políticamente correcto sobre cómo es la convivencia con chinos

Vivir con chinos
Por RAFAEL VALDEZ

Para lograr una mayor inmersión en la cultura china decidí compartir departamento con chinos. Gracias a esto he conocido a personas amables y solidarias, pero también a unos muy reservados y controladores. De todos modos, siento que es otra manera de conocer China.

En Beijing, hay extranjeros que viven en burbujas, están en China pero no lo están. Sus amigos son extranjeros, compran en supermercados extranjeros y frecuentan lugares extranjeros. En esos casos, la inmersión con la cultura china es imposible y yo no quería eso. Trabajo en una empresa china y eso me ha ayudado mucho a conocer la forma de pensar de mis compañeros, pero vivir con alguien es distinto. Así es que decidí buscar un chino con quien compartir una casa. En el portal The Beijinger, encontré a Hu Na, o Heidy. Alta, delgada, 24 años, capitalina, con un cuerpo que evidenciaba las largas horas de trabajo que pasaba en el gimnasio. Había estudiado Diseño Gráfico, pero prefería dar clases de spinning. Era hija única, sus padres ya habían comprado dos departamentos que ella heredaría y, en busca de independencia y para mejorar su nivel de inglés, Heidy había decidido mudarse a vivir con extranjeros. Alquiló uno grande con tres cuartos en la zona de Caofang, al final de la línea 6 del metro. Luego publicó un aviso en The Beijinger para arrendar los cuartos y así conoció a Abdul, un jordano de 40 años, soltero y, a primera vista, encantador. Abdul se mostró educado, hablaba bien chino y tenía un buen trabajo. Razones suficientes para que Heidy confiara. La semana siguiente llegué yo y la casa estaba llena. Pero bastaron unos días para que Abdul sacara las garras.

El violento rompeplatos  
El primer domingo de mi nueva vida compartiendo casa comenzó con gritos. Me desperté asustado. Abrí lentamente la puerta y vi a Abdul enfurecido. Le reclamaba a Heidy por qué había cambiado de lugar sus cosas en la cocina. Él estaba buscando el té y no lo encontró, entonces estalló. Heidy le repetía que solo quería ordenar un poco las cosas, que la disculpara. Él lanzaba al piso todo lo que encontraba. Rompió varios platos y vasos. Heidy lloraba mientras esquivaba lo que Abdul le lanzaba. Esta escena duró unos minutos, aunque pareció una eternidad. Yo estaba tan sorprendido que no alcancé a reaccionar. Apenas Abdul se cansó de romper cosas, entró a su cuarto, Heidy al suyo, y yo cerré el mío con llave.
Después de esto, decidí mudarme a los pocos días.

Las reglas absurdas
Como prácticamente salí corriendo de esa casa, no tuve mucho tiempo para buscar un nuevo cuarto. Así que volví a The Beijinger y encontré uno que estaba solo a una estación de metro de distancia. Ese sector realmente me gustaba porque los edificios son nuevos, bien decorados y el arriendo es relativamente barato. En mi apuro por mudarme no medité con calma las condiciones del nuevo departamento. Li Na, china de 26 años, era la arrendataria principal. Tenía un cuarto disponible y también una sola condición: no se podía recibir ningún tipo de visitas nunca. En ese momento no me pareció importante. Estaba asustado y solo quería salir corriendo del otro lugar, así que acepté.

Li Na era extremadamente limpia, ordenada, usaba productos de marcas extranjeras que compraba en Hong Kong, practicaba yoga en la sala y en el baño tenía una máquina para hacer masajes a los pies. Además, siempre me regalaba un dulce de distintas partes de China para que probara la diversidad de su país. Li Na vivía en Beijing hace cinco años, pero era de la provincia de Hebei. Trabajaba como vendedora en una inmobiliaria y sus comisiones le permitían llevar una vida llena de viajes, ropa y diversión. Le encantaba cocinar. Preparaba unas deliciosas sopas picantes y un “gong bao ji ding” para chuparse los dedos. Este plato hecho con pollo y maní, de sabor dulce y picante es uno de mis favoritos actualmente y creo que es gracias a ella.

Aunque nuestra relación era cordial, nunca llegamos a ser amigos porque después de dos meses, me harté de su regla de “no a las visitas” y decidí mudarme.
Un amigo chino de 29 años al que conocía desde hace un año estaba buscando compañero de apartamento y no dudé ni un minuto en mudarme para vivir con él.

Ceder para convivir
Wang Aiguo también era oriundo de Hebei. Tiene 29 años y trabaja en China Unicom. Con él pude atestiguar el gran estrés que viven los chinos provenientes de pequeñas ciudades al tratar de conseguir el hukou (sistema de registro de residencia permanente) de Beijing.

Aiguo también era muy ordenado. Cada espacio en la cocina estaba asignado para un objeto específico y a mí no me quedó otra opción que memorizarlo para que él no se enojara. Los condimentos debían ir en la alacena izquierda, las ollas a la derecha, el agua debía estar junto a la tetera y en el piso de la cocina no podía haber ni una gota de agua, todo debía estar reluciente. Confieso que me costó acostumbrarme al extremo cuidado que Aiguo tenía en cada detalle de la cocina, pero luego me resultó natural.

Es un hombre muy disciplinado. Hace deportes, trabaja y estudia francés por Internet. Estableció horarios para el uso del baño, lavar la ropa, limpiar la casa, cocinar, en fin… todo estaba fríamente calculado.

Lo que me sorprendió es su manera de controlar incluso sus emociones. Recuerdo un día en que lo encontré hablando por teléfono, mejor dicho gritando. Parece que del coraje se le salieron las lágrimas y, cuando cerró la llamada, traté de consolarlo, lo abracé, pero me dijo que él “no está acostumbrado a recibir abrazos y que eso en China no se hace”. No puedo negar que pasamos muchos momentos de alegría como cuando me enseñó a preparar fideos con carne al estilo de su ciudad o camarones fritos. Tampoco puedo dejar de reconocer lo mucho que él me ayudó haciendo trámites o yendo al médico, cuestiones en las que el idioma es un gran obstáculo para un extranjero.

Pasaron los meses y yo comencé a recibir cada vez más visitas de amigos extranjeros que venían a ver películas o a cocinar conmigo. Parece que a Aiguo le incomodó esta situación, así que estableció una nueva regla: solo podía recibir dos visitas semanales. Para mí, fue un deja vu. Y esta vez no estaba dispuesto a soportarlo.

Me cansé de que me dijeran cuántas veces me pueden visitar y de que me pongan horarios para todo. Por eso decidí mudarme otra vez y lo seguiré haciendo cuantas veces sea necesario. Aún así considero que la experiencia de vivir con chinos ha sido muy valiosa porque me ha permitido conocer, de primera mano, cómo piensan y se comportan en el día a día. Además me ayudó a entender que detrás de algunas desavenencias están las diferencias culturales y que la mayor parte de las cosas negativas que en internet circulan sobre la experiencia de vivir con chinos es puro prejuicio basado en ignorancia.