Solo pensar en los enormes témpanos de hielo de la Patagonia argentina derritiéndose frente a mis ojos me hacía erizar la piel. Toda la incomodidad que representa hacer escalas en los distintos aeropuertos sudamericanos valía la pena con tal de estar frente al Perito Moreno, ese imponente glaciar al que solo había conocido a través de mis libros de geografía. Cuando llegué al aeropuerto internacional de Buenos Aires me explicaron que debía tomar un taxi para ir hasta el otro aeropuerto llamado Aeroparque. “El viajecito tomará una media hora y no te cobrarán más de 50 dólares, viste”, me dijo la chica que atendía en el counter de la aerolínea LAN. Muy confiado y alegre me paré justo afuera de la puerta del terminal aéreo y tomé un taxi. El conductor era un tipo alto, muy joven, de tez blanca, cabello negro, grandes cejas y muy amable. Tanto que en momentos se convirtió en mi guía turístico. “Ese es el estadio del mejor equipo de Argentina y del mundo”, dijo cuando pasamos frente al complejo de River Plate. Al llegar al aeroparque, le pregunté cuánto le debía y contestó que 700 pesos argentinos, es decir unos US$ 180. “¿Me trajiste en jet o limusina como para que cueste tanto?”, le pregunté indignado. “La Argentina está cara, además tú te vas a la casa de Cristina”, contestó el taxista refiriéndose a las numerosas propiedades que tiene la Presidenta de la República en Calafate, una pequeña población que se ha convertido en un costoso atractivo turístico de la Patagonia gaucha. Tan costoso que, por ejemplo, hospedarse una noche en la habitación más sencilla del hotel Los Sauces que pertenece a Kirchner cuesta US$ 780. Discutimos cerca de 10 minutos. Insultos iban y venían. El tipo no dejaba de secarse el sudor de la cara que ya se le había enrojecido por el coraje. Comenzó a gritarme y luego sacó una navaja y la apuntó contra mi garganta. “Si no me das los 180, te quito todo lo que llevás”, amenazó. Yo no podía creer lo que estaba pasando. En Ecuador se han vuelto cotidianas las noticias de turistas que son asaltados al salir del aeropuerto, pero jamás hubiera pensado que yo viviría lo mismo en una de las ciudades más desarrolladas de Sudamérica. Le entregué el dinero, me empujó para que saliera pronto del carro y botó mi maleta a la vereda. Tembloroso entré al aeropuerto y me topé con un kiosco donde estaba El Clarín, uno de los principales diarios argentino. “La desocupación golpea fuerte a los jóvenes del conurbano”, se leía en el titular. Luego decía “el 15 por ciento de los varones de menos de 29 años del Gran Buenos Aires no tiene trabajo. Entre las mujeres, la tasa llega al 21,2%. Y no se reduce, pese al crecimiento económico”. Ahí puede estar un factor de la delincuencia, me dije.
En ese momento pensé en lo similar que es la situación en Ecuador. Según el informe “Rendición de Cuentas 2010” de la Presidencia de la República, entre los años 2003 y 2009, los homicidios crecieron un 62%; los robos a personas, un 50% y los robos de vehículos, un 232%. Además, el desempleo está casi igual. Entre 2009 y 2010 la situación mejoró muy poco pasando del 7.9% al 6.1% a pesar de que el país debería vivir una bonanza por los precios históricos del petróleo que es el principal producto de exportación.
Al llegar a Calafate encontré otra similitud entre ambos países. Mientras curioseaba en una tienda de artesanías, escuché que el dueño conversaba con unos clientes sobre por qué Cristina Fernández de Kirchner es la más opcionada para ganar las elecciones presidenciales este año. “Lo que pasa, ché, es que ella está regalando la plata, le ha dado jubilación a las amas de casa, tiene subsidiados los servicios básicos y con eso tiene a la gente en el bolsillo”, dijo. Una política similar aplica Rafael Correa en Ecuador al entregar el bono de la pobreza, subsidiar las tarifas eléctricas y tener una Constitución hecha a su medida (que, por cierto, ahora pretende reformar). En fin, ¡qué parecida es Latinoamérica! Para bien y para mal.
miércoles, 2 de febrero de 2011
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